Crónica
La Babilonia de Hierro. Crónicas neoyorquinas (1920 - 1936)
Excélsior
Nueva York de Día y de Noche
26 / noviembre / 1943
Nueva York!!... Nueva York!!...

Estas exclamaciones, al fin de la palabra iterada y reiterada, condensan con limitación ortográfica la emoción que embarga al autor de "Nueva York de Día y de Noche", al regresar a la urbe donde transcurrieran los cuatro lustros más intensos de su vida periodística...

Nueva York,1 the Empire City... mejor se impone como una emperatriz, poderosa y adusta al principio, reservada y tolerante luego, hospitalaria y magnífica al fin... Esto es cuando distingue a los privilegiados, a quienes logran, exaltando su aventura, no sólo estar en Nueva York, sino que Nueva York esté en ellos...

Entonces la soberana alumbra al huésped afortunado con un rayo de la luz de Broadway, lo crisma con una gota de espuma de su ancha bahía, gota amarga a veces y en otras irisada... Tras de esa ínfima prueba del fuego y del agua, la conciencia del iniciado se expande y, precursora de seguros lauros, la inspiración alza su frente...

¡Seme, pues, propicia, emperatriz magnífica: acoge benévola al peregrino suriano que otrora gozó de tus alegrías y de tus magnificencias y que hoy vuelve a ti partícipe de tu pena y admirando tu poderoso coraje, para contemplarte más noble y venerable que ayer y cubierta no de radiosas diademas, sino de sangre, de sudor y de lágrimas!

* * *

Mas no bien escrito lo anterior cuando se antoja como un prejuicio asaz dramatizado... ¿Acaso está en guerra Nueva York, la metrópoli estadunidense, la urbe que condensa como cerebro y corazón el pensar y el sentir de la Gran República?... La perplejidad se vuelve duda, pues si bien es cierto que desde la frontera mexicana abordamos trenes henchidos de soldados, éstos inermes y risueños, no revelan el menor designio belicoso. —Limpios, aliñados, pulcros, en palabras y modales aparecen listos para pasar una escrupulosa revista, aunque ni oficiales ni soldados luzcan esas armas que nuestros mílites llevan consigo siempre, aun en tiempos serenos y pacíficos.

Sólo en los andenes ferroviarios, abordando o abandonando los trenes que los conducen, suelen verse esos contingentes de muchachos sonrientes, en flor de juventud, que, al llegar a las ciudades, se derraman en la población urbana sin desorden ni confusión, como obedeciendo instrucciones previas y precisas, sin que nunca se dejaran oír esas "voces de mando imperiosas", ásperas y a veces estentóreas tan comunes de superiores a subordinados.

No es ésta en que pugna Norteamérica, ninguna "Guerra en Dentelles", ni semejante a aquella en que la cortesía francesa insinuara. —"¡Disparad primero, señores ingleses!", pero, sin embargo, la dignidad humana es respetada hasta un grado increíble.

No llega tampoco la gran nación a compartir el formidable anatema de Lin-Yutang2 contra los militares, y es prueba de todo ello el espléndido coraje y la admirable organización con que ha podido poner en pie de guerra a su quieta ciudadanía, librado pugnas hazañosas y ejecutado heroicidades en dondequiera que hasta hoy ha luchado, armando, además, para luchar, a los demás continentes y pobladores del planeta.

Pero, a pesar de ese fenómeno social único, en la historia, junto a cuya magnitud resultan pequeñas las mismas cruzadas, la Gran República habrá de salvar, a la par que la dignidad de sus ciudadanos, su noble integridad democrática.

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A ello se debe este paradójico aspecto del pueblo colosal que, aun lanzado a la guerra, conserva incólumes sus prerrogativas de cultura impecable y su armoniosa civilización, al grado de que es necesario hurgar en los hechos cotidianos y en la prensa que los relata para darse cuenta de que Nueva York, con la Unión toda, se halla en estado de guerra.

Mas parece ese estado haber contagiado a los leones del parque zoológico, que por imprevisión del beluario, se entremataron disputándose un trozo de carne y estremecieron al Bronx, con sus cavernarios rugidos.

Mas a pesar de su patético dolor y de sus abnegados sacrificios, la gran Urbe del Hudson no podría compararse a una mater dolorosa.

Aseméjase más a Niobe, la heroína de Tebas, por la valiente legión de sus hijos innumerables y porque para hacerla resistir su pérdida, los dioses le dieron la blancura y la dureza del mármol.

¡No en balde Nueva York se asienta sobre cimientos firmísimos y eleva al azul sus rascacielos marmóreos e inconmovibles!

José Juan Tablada
Excélsior, año XXVIII, tomo VI (9619), 26 nov. 1943, 1.ª secc.: 4, 14.

Después de siete años de estancia en México, Tablada regresa a Nueva York como cónsul de su país. La altura de la ciudad de México es fatal para su corazón enfermo y decide regresar a la gran Metrópoli, su segunda patria. Tal vez intuye que morirá pronto y escoge a su entrañable Babilonia para morir. Esta crónica cierra la serie, en un homenaje a la ciudad que no sólo le abrió sus puertas sino las del universo de lo que serían sus crónicas. Deja de escribir sobre Nueva York donde muere en 1945. ehp

Lin Yutang, escritor chino que nace en 1895. Estudia en Leipzig y Harvard y fija su residencia en los Estados Unidos. Su obra fusiona la filosofía milenaria del Oriente con el campo cultural del Occidente moderno. Seguramente Tablada se refiere a su novela A Leaf in the Storm. A Novel of War Swept China, New York, The John Day Co., 1941. ehp