Crónica
La Babilonia de Hierro. Crónicas neoyorquinas (1920 - 1936)
El Universal
Nueva York de Día y de Noche
12 / julio / 1925
Aventuras espirituales.- El trópico en Manhattan.- El poeta del Líbano.- Los compañeros de viaje.- La espiga de trigo.- La copa y [el peine]

Aventuras espirituales

Sí, Nueva York, eres en verdad la urbe innumerable y múltiple! Para conocerte a fondo no bastan los años y los lustros son apenas suficientes... Así espero, siempre intrigado, el nuevo secreto que me revelarás.

Porque el mundo afluye a ti y más numerosas que los buques en tu enorme bahía, llegan las almas a ése tu vasto golfo espiritual que como su templo hermético la Esfinge, escondes en tus entrañas de piedra...

Eres de piedra y de hierro, pero como los bodisavas indios recelan en su cuerpo de barro las chacras sagradas, los lotos que tienen por pétalos sentidos nuevos, así tú tienes centros espirituales que estremecen tu organismo pétreo y metálico con las más intensas vibraciones.

Por estupenda paradoja fue en tu recinto, oh urbe metálica y exacta, a la gigantesca sombra de tu becerro de oro, entre el estrépito de tus maquinaciones fragorosas, al eco de tu evohé1 algebraico donde encontró mi espíritu las más inquietantes aventuras!...

Mi espíritu!... Aquí despertó, quizás porque aquí es donde más necesarios son sus viáticos, pues aquí es donde más rápidamente pueden las concreciones materiales emparedar un alma y enterrarla viva, aquí donde el incauto puede convertirse en algo peor que estatua de sal, en un espectro monolítico e inútilmente brillante como el agua multiforme libre y musical un día, se convierte para siempre en estalactita allá en el fondo de las oscuras grutas.

De esas aventuras espirituales escojo una, la más reciente y porque lleva en sí mucho del alma misteriosa de esta ciudad preñada de futuros prodigios, la ofrezco a los lectores.

El trópico en Manhattan

La casa adonde fui invitado está incrustada en el corazón de la ciudad al este de la Quinta Avenida. El salón, colmado de muebles antiguos y bellos objetos de arte, tiene al fondo un muro de cristal velado por cortinas de seda. Más allá del muro está lo que jamás hubiera sospechado encontrar allí, una terraza de "villa florentina" abierta sobre un inmenso patio lleno de árboles, de arriates floridos, de muros cubiertos de enredaderas, algo que me recordó al punto los patios de Guadalajara y los jardines de los antiguos conventos mexicanos.

El sol neoyorquino de las 8 de la noche, desmayaba sus oros sobre las masas de trémulos jades y aéreos ámbares. No me hubiera sorprendido ver colibríes suspendidos sobre aquellas flores, ni sentir el aroma embriagador del hueledenoche o de los jazmines de Malabar, ni oír de pronto, surgiendo del más umbrío paraje, una serenata de vihuelas mexicanas... de tal manera aquel jardín hundido en un populoso barrio neoyorquino recordaba el trópico y la patria.

Mientras yo añoraba así, la bailarina persa recordaba las rosas de Hafiz2 en los huertos del serrallo, porque perdida la vista en el jardín ya penumbroso, la hiéndula me dijo:

—Los que entran de noche al huerto de Heymar, el huerto de Las mil y una noches, creen mirar a Fátima3 corriendo desnuda... Mas al acercarse ven que lo que tomaron por la beldad son los rosales cuajados de flores...

El trotamundos dijo:

—Este jardín me recuerda cierto paraje del Parc Monceau y aquella fuente otra del jardín del Khedive, en Egipto...

Y sensualmente el poeta de Siria, Kahlil Gibran, el autor de El loco y Los precursores4 que aspiraba el viento nocturno lleno de fragancias, rememoraba quizás el aroma de los cedros del Líbano natal...

El poeta del Líbano

El comedor, las viandas, el aspecto de los comensales llevaron mi recuerdo a París. Mi vecina de mesa, dama americana, pintora distinguida me habló primero de un grato viaje a México hace veinte años y luego de teosofía. Se habló, como era natural en una reunión de intelectuales, de Ouspensky, el gran filósofo ruso y de su obra prodigiosa. Entonces, mi otra vecina, la señora de la casa, me interrogó no sé si con ironía:

—Ha leído usted Tertium organum5... pero lo ha entendido usted?

Sonreí contestando:

—Sí, señora... También he leído a Hinton y creo haberlo entendido. Iba a agregar: "Tertium organum por lo demás, es de fácil lectura, aun para las mujeres"...

Pero me acordé que estaba en el país del matriarcado, que era huésped de la dama que me interrogaba y callé.

Durante la comida se trataron temas filosóficos. Argumentaron el poeta Gibran y un distinguido teósofo de la Iglesia liberal. Gibran conoce muchos idiomas muertos del Oriente, sabe a fondo la historia de Cristo.

En la casa de su abuelo, el gran Renan6 escribió la Vida de Jesús.

—En mi patria, nos dijo, se conserva en toda su pureza la historia y tradición cristianas. Se guardan una multitud de nociones que el Occidente desconoce.

Luego la conversación, entre el aroma del café y los cigarrillos de Rusia tomó un frívolo giro.

Cuando volvimos al salón la señora de la casa nos anunció que el poeta iba a referir algunas stories y en medio del silencio propicio Gibran comenzó a hablar:

Los compañeros de viaje

—Antaño era costumbre en el Oriente reunirse para caminar. Quienes iban a consumar las mismas jornadas reunían el contenido de sus alforjas y equitativamente consumían sus provisiones.

Así Jesu-Cristo caminaba con un joven que había encontrado en el camino. Entre los dos no llevaban sino tres tortas de pan, que el joven puso en su alforja. Así caminaron. Pero a las pocas horas el joven que sentía hambre, se retrasó y escondiéndose de Cristo se comió un pan. Al rendir la jornada, para hacer el refrigerio en común, Cristo vio la alforja con sólo dos panes y dijo:

—Es extraño! Teníamos tres panes y aquí sólo hay dos!

El joven, bajo la mirada de Cristo, prorrumpió:

—Yo no sé qué habrá pasado! Yo no me he comido ese pan!

Entonces Cristo poniéndose de pie, abrió los brazos y alzando los ojos, ordenó a los cielos:

—Que se desencadene la tormenta!

Al punto se ocultó el sol; surgieron terribles vientos acarreando gruesos nubarrones que detonando y relampagueando, se desgajaron en rayos y chubascos.

Cristo volvió a extender los brazos y dijo:

—Ahora hágase el buen tiempo!

Instantáneamente los cielos se tornaron serenos y Cristo volvió a interrogar al joven:

—Puedes decirme ahora quién se comió el pan?

Pero el joven volvió a protestar como antes:

—No sé qué habrá pasado! Yo no me he comido ese pan!

Prosiguieron su marcha y al hacer alto para la comida de la noche, Cristo volvió a interrogar al joven y viendo que se obstinaba en negar, volvió a abrir los brazos, ordenando:

—Que vengan todas las fieras de la selva!

Al punto la penumbra se llenó de ojos fosforescentes y de inquietantes rugidos y los leones, los osos, las hienas y los chacales, iban y venían en torno de Jesús. Mirando que el joven temblaba volvió a interrogarlo, pero él obstinado volvió a contestar:

—Nada sé! No he sido yo quien se comió ese pan!

A un gesto de Cristo las fieras desaparecieron y los peregrinos continuaron su camino. Horas después se detuvo de nuevo y extendiendo los brazos hizo que brotara de la tierra un montón de monedas de oro. Luego dividió el caudal en tres partes y dijo dirigiéndose al joven:

—Una parte de este oro es para mí, otra para ti, y la otra para el que se robó la torta de pan.

—Atónito de pronto, el joven por fin se arrojó a los pies de Cristo y exclamó:

—Maestro soy yo el ladrón! Yo fui quien se robó el pan!

La espiga de trigo

Al terminar el poeta, los hombres fruncieron el ceño, las mujeres sonrieron con amargura y suspiraron. Quien escribe esto dijo a Gibran: Eso que acabas de decir es un poema tuyo? Así lo diría, porque tiene todo tu estilo!

Pero Khalil protestó, asegurándome que era una de tantas narraciones cristianas del folklore de su patria.

—Como es esta otra que voy a referir a ustedes, ya que lo desean, añadió y reanudó su plática:

Una tarde al ponerse el sol, Cristo iba por los campos y como sintiera hambre penetró a un sembrado de la linde, tomó una espiga de trigo y estrujándola entre sus manos, llevóse los granos a la boca...

Pero al punto sobrevino el propietario de la sementera y alzando el puño amenazante, increpó a Jesús:

—Vagabundo! Miserable! Con qué derecho robas los frutos que me pertenecen? No sabes que esta tierra es mía?

Cristo, con mansedumbre infinita extendió los brazos taumaturgos y al momento el propietario y el Maestro se vieron rodeados de cien, de mil, de una innumerable muchedumbre de espectros humanos que surgiendo de la tierra dijeron al ocultarse el sol:

—Esta tierra fue nuestra también, en otros tiempos!

La copa y [el peine]

Volvieron las mujeres a suspirar y los hombres a fruncir el ceño pensativos, mientras el poeta de la tierra donde Cristo muriera por nosotros, volvía a hablar...

—Desdeñando las posesiones materiales Jesu-Cristo no conservaba ya sino una copa de madera para desalterarse en sus caminatas y un peine para arreglar su cabellera que el viento de los caminos desgreñaba.

Pero en una ocasión mirando a un pescador que se alisaba la melena con los dedos abiertos le dio el peine, y otra vez viendo a un pastor beber agua en el hueco de su mano, Jesús le regaló su copa.

Aquella noche, a lo largo de la ferrovía que me tornaba al hogar, aquella noche en medio de mis sueños, sentí la fragancia del perfume cristiano que derramó en torno nuestro el poeta Khalil Gibran con sus palabras que ardieron suavemente como pastillas de inciensos milenarios traídos por él desde el Líbano a esta extraña noche neoyorquina!

José Juan Tablada
Nueva York, julio, 1925.
El Universal, año IX, tomo XXXVII (3183), 12 jul. 1925, 1.ª secc.: 3.

Evohé, exclamación ceremonial utilizada en la antigüedad por los griegos en las fiestas bacanales que se ha relacionado con la madre Eva. De "evohé" proviene la palabra ovación. lrv

Muhammad Shams Al-Din, Hafiz, poeta lírico persa que vivió aproximadamente entre 1325 y 1389. Su obra fue muy leída en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, a principios del siglo XX, en varias ediciones. Tablada se refiere probablemente a una edición de 1925: Rose in Hood; being principally a presentment from various translations of the most striking thought of the persian poet Hafiz. By Thomas Wright. With eleven ilustrations by Cecil W. Paul Jones, Olney, near Bedford, England, T. Wright, 1925. ehp

Fátima o Fatma (604-632). Fue hija del profeta Mahoma. Casó con su primo Alí y tuvo tres hijos que fueron Hassán, Hussein y Mosein. Divulgó las profecías de su padre y es de las mujeres más importantes para el islamismo, ya que fue la única hija sobreviviente de los hijos de Mahoma. ehp-lrv

Kahlil Gibrán o Jibrán Khalil Jibrán. Poeta sirio contemporáneo de Tablada (1883-1931). Su obra The Mad Man His Parables and Poems (New York, A. A. Knopf, 1918, 71 pp., 3 pl.) fue muy leída en Nueva York durante la estancia del mexicano en la gran urbe. ehp

Piotr Demiánovich Ouspenski, Tertium Organum, the third canon of the thought. Tr. from the Russian by Nicholas Bessaraboff and Claude Bragdon. With an introduction by Claude Bragdon. 2d. american edition, authorized and revised, New York, A. A. Knopf, 1923, 336 pp. Tablada recomienda más de una vez su lectura, aunque el Tertium Organum fue publicado en español sólo en 1936, en una traducción hecha por Lydia Henríques, para la editorial Jouvin de Guayaquil, a partir de la versión neoyorquina. ehp

Ernest Renan (1823-1892). Escritor, filólogo e historiador francés. En sus obras expone su fe en la ciencia y sus convicciones racionalistas. Unas de las más conocidas son Vida de Jesús y la Historia de los orígenes del cristianismo. Fue controversial principalmente por su visión respecto a los pueblos semitas y el islam, quienes para él estaban limitados por su dogmatismo. ehp-lrv