Comentario

Esta fotografía apareció, en la edición de Guillermo Sheridan del Diario de Tablada, con la indicación "ca. 1890".1 Sin embargo, es muy probable que haya sido tomada entre 1908 y 1910, pues el poeta se interesó por el automovilismo en esos años. En el capítulo XLIX de Las sombras largas, Tablada relata que en la época en que vendió vinos frecuentó el primer garage de automóviles de la ciudad:

En mis actividades de vendedor de vinos, conocí por entonces a mi buen amigo José Sánchez Juárez, que en la avenida de este último nombre, había abierto el primer gran garage automovilístico con que la metrópoli contó. Era aquél gran sitio de reunión de gente deportista y acaudalada a propósito para convertirse en mi clientela. Todos los bajos de la espaciosa mansión estaban ocupados por las oficinas, salones de exposición, talleres y bodegas de la poderosa empresa.

Recuerdo que a aquel centro de sport, a la sala elegantemente decorada donde tarde a tarde acudían ricos-homes y socios del Jockey Club, llegó una vez don José Sánchez Ramos, hombre de negocios y miembro de nuestras familias patricias, por haber casado con una hija de don Benito Juárez, de cuyo matrimonio era uno de los hijos, Pepe, mi amigo excelente y dueño del garage [...] En aquel garage a donde había ido en busca de buena clientela, desempeñé pronto el papel de agente de publicidad y ocasionalmente de vendedor de automóviles.2

Tablada continúa su relato contando que por entonces era cronista de El Imparcial. En aquel lugar recogía informes para sus notas de sociedad, además de que se enteraba de fiestas, reuniones deportivas y sociales de todo tipo. Daba preferencia a las nacientes excursiones automovilísticas y, según afirma, hacía de un viaje a Toluca casi un periplo al polo. El poeta afirma que el anuncio no estaba perfeccionado ni sistematizado y que todo dependía de la pericia del agente de publicidad. Sin embargo, Sánchez Juárez no valoró la labor de Tablada y decidió, junto con su socio Aparicio Miranda, suspender su plaza y prescindir de sus servicios. Inmediatamente, Tablada no sólo perdió el entusiasmo por el automovilismo sino que comenzó a cuestionarlo en artículos como "¿Para qué sirve un automóvil?" (7 de junio de 1909), en que señalaba la inutilidad de un automóvil en un país que tenía tan pésimos caminos. Después siguió otro llamado "Biografía de un automóvil" en el que el carro de un "fifí" contaba su dispendiosa y estéril vida. Tablada incluye en el mencionado capítulo de sus memorias el siguiente fragmento:

Una vez que Nico decidió a su mamá comprar el auto, emprendió el indispensable viaje a Toluca. Había que verlo tomando el tiempo en el reloj de pulsera, bebiendo cognac al "górgoro" en una cantimplora extraplana, ebrio de 20 caballos y de "cinco ceros" azuzando al chofer alquilón y bronco: "¡Más recio, Trinidad, más recio, en cuarta y acelerando, fuerte!" ¡Y Nico resoplaba, ardiente y ronco como el soldado de Maratón, que iba a caer muerto a los pies de los Arcontes anhelando el laurel de Milcíades...!

Nico, con su estado mayor, llegó a Toluca, invitó a varios cocteles, les "echó cardillo" con las gafas y la piel de búfalo a los gomosos locales; almorzó y luego, tras del vertiginoso rodar por valles y montañas, en la jornada rendida en minutos fugitivos, Nico no halló cosa mejor que comprar una caja de chorizos que de vuelta a México depositó en el regazo de su voluminosa mamá, quien digirió en una semana los veinte chorizos que la caja encerraba, sin pensar que cada uno valía 500 pesos, ¡puesto que yo (el auto) costé 10 000 y lo único que hice en mi vida fue ir a Toluca con el solo fin de comprar tales chorizos!3

Según Tablada, al día siguiente Sánchez Juárez lo reinstaló en su puesto de agente de publicidad.

El poeta dedica el siguiente capítulo de sus memorias a varios episodios automovilísticos. Cuenta cómo don Juan Cobo, un hombre adinerado de San Luis Potosí, fue uno de los mejores clientes de Sánchez Juárez. Compró primero una limousine con carrocería Rodschild y pronto tuvo seis o siete carros lujosamente acabados. Según Tablada, el "delirio automovilístico" en la ciudad de México era un asunto de lujo y comodidad para la ostentación urbana. El dispendio que significaban las excursiones por los únicos caminos posibles, el de Toluca y el de Cuernavaca, era disculpable aunque algo "futurista". Pero el colmo de la aberración fue la llegada de los primeros autos de carrera al país. Juan Cobo fue el primero en adquirir uno de ellos, so condición de un paseo de prueba a Toluca en compañía del chauffeur Juárez:

Los buenos burgueses de México y los de Tacubaya y pueblos del tránsito vieron al día siguiente pasar la veloz máquina, que al ser acelerada, saltaba positivamente como en elásticos ímpetus de pantera. Un estentóreo claxon, o precursor de éste, anunciaba al carro que no bien era visto pasar "transparente de velocidad" cuando desaparecía dejando tras de sí el fragor detonante del "escape directo" que era donairoso hacer resonar en su máximum, entre humo de aceite y nubes de polvo...

La misma mañana, antes de la hora meridiana, don Juan Cobo con su chauffeur Juárez rigiendo la máquina potente y alígera, estaban de vuelta en el garage, entre los parabienes, aplausos y curiosidad inquisitorial de los sportmen presentes para el caso.

Entonces, cuando los reglamentos de tráfico y velocidad eran desconocidos, siempre que un auto pasaba raudo y detonante por las calles y calzadas de la urbe, era seguro que conducido por su intrépido y hábil chauffeur Juárez, fuera en él don Juan Cobo...

Tanto iba y venía, tal era el prurito de viajar en auto del simpático don Juan, que de él se contaban anécdotas reveladoras de su manía itinerante.

Decíale a un amigo, Amador de Campomanes, pongo por caso:

"¡Amador, son las nueve de la mañana, vamos a almorzar a Toluca!"

Ya en la población referida, haciendo la digestión en el Lion d'Or, decía:

"¡Ahora, don Amador, vamos a tomar chocolate a Chapultepec!"

Y tras del sorbo de agua sobre el espumoso teobroma, no satisfecho aún con los kilómetros devorados durante el día, volvía a invitar a su compañero:

"¡Ahora Campomanes, vámonos a Tlalpan... a escupir!"

Lo cual demostraba que no era el objeto la utilidad del viaje, sino el viaje en sí lo que interesaba al curioso hombre de sport que algo tenía de Quijote en su alargada figura y que recordaba a ciertos personajes hijodalgos de Pío Baroja, sin tener sin embargo nada de trágico ni extraño pues era llano, bondadoso y cordial y la única pasión de su vida parecía ser el automovilismo y los autos que compraba con la frecuencia y naturalidad con que yo suelo comprar libros...4

Esto incitó a otros clubmen a imitar a Juan Cobo, como fue el caso de Jesús Pliego, quien no salió tan bien librado de la empresa pues, desprevenido en el asiento del mecánico, estuvo a punto de accidentarse. Tablada describe el origen del problema y el atuendo del chofer: "El asiento es exiguo, la posición del cuerpo nada confortable, pues lo que el constructor trató de resolver, no fue el placer del tripulante, sino la simplicidad para ahorrar peso, obstáculos contra el aire y aprovechar de la mejor manera la fuerza del motor. Quizá o ignoraba esto don Chucho o lo había olvidado cuando confiadamente se instaló junto al chauffeur Juárez, abrochados los abrigos, los guantes de piel, las gafas misteriosas y aun románticas..."5

Tablada ocupa el capítulo LI de Las sombras largas para describir tanto las peripecias de Jesús Pliego como las primeras carreras de automóviles que se celebraron en el país, en Guadalajara. El poeta recoge de las páginas hoy desaparecidas de su diario los detalles del evento, entre los que incluye un recorrido por la pista de carreras a bordo de un automóvil de turismo.

Por último, tenemos que Tablada dedicó al tema del automóvil un poema de su libro Al sol y bajo la luna (1918): "El automóvil en México".

rms

Obras IV. Diario (1900-1944), edición de Guillermo Sheridan, México, Universidad Nacional Autónoma de México, (Nueva Biblioteca Mexicana, 117), 1992, pp. 18-19.

Las sombras largas [Memorias], México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 52), 1993, pp. 256-257.

Ibidem, p. 258.

Ibidem, pp. 260-261.

Ibidem, p. 262.