El siguiente capítulo de El bar. La vida literaria de México en 1900, de Rubén M. Campos, libro que, según refiere Serge Zatzeff, fue anunciado como "en preparación" desde 1907, pero cuyo manuscrito final tiene fecha de 1935, hace un retrato de Tablada que dialoga con esta fotografía:
EL POETA JOSÉ JUAN TABLADA EN SU JUVENTUD
Voy a delinear el espíritu más complejo y más sutil de la Revista Moderna, José Juan Tablada. Carácter altivo e indomable, aislóse desde su adolescencia para reconcentrarse torvo y austero en su sueño de arte. Acendró su intelecto en las mieles envenenadas de Las flores del mal de Baudelaire, penetró en los paraísos artificiales de los poetas malditos de Francia; lanzóse al maelström de la fantasía maravillosa de Edgar Poe para girar en ronda macabra por el torbellino del visionario; asistió a las saturnales devoradoras de cerebros o salió ileso de los hospitales de Paul Verlaine; presintió antes que nadie a los intelectos exquisitos que agrupó Rubén Darío en su precioso libro Los raros, que son las cumbres del pensamiento humano del siglo XIX; y con la quintaesencia de las lecturas que su espíritu inquieto extrajo y fundió en una aleación extraña, como bagaje diseccionador para estudiar el corazón humano, presentóse solo en las letras sin filiación ninguna, sin haber integrado academias ni liceos literarios, y conquistó de un golpe el puesto de poeta de primer orden con su magnífico poema intitulado "Ónix". Y lo asombroso del caso Tablada, caso único en nuestras letras, es que no decayó nunca y hoy escribe fragantemente como en su adolescencia. Fue un admirador del arte del Japón antes que la fama de ese arte exótico se expandiera por el mundo, cuando el Imperio del Sol entró triunfante en la vanguardia de la civilización moderna a la par que las grandes potencias occidentales, y por tanto fue un precursor de la universal admiración al Japón. Este amor al Imperio del Sol demostrado en magistrales estudios y poemas, le conquistó el premio de ser enviado por la Revista Moderna al Japón, donde escribió impresiones preciosas que despertaron no ya la simpatía solamente sino el amor por los ideales del pueblo japonés, que tiene como punto de contacto con el pueblo mexicano el desprecio a la muerte. La imaginación poliédrica de Tablada ha hecho que el polígrafo ofrezca el caso único de estar escribiéndo desde hace medio siglo sin cansarse jamás. Su inteligencia lúcida tiene a orgullo ser siempre la exploradora, la compulsadora de los grandes pensadores del universo; busca el oro de las ideas con la avidez de un gambusino, y vierte la luz de su semáforo en la profundidad del mar de las pasiones como un buzo en una selva apocalíptica. Cuando el pensamiento de su intelectualidad fuerte choca con el suyo, de este choque surgen relámpagos que iluminan fugazmente los antros tenebrosos del pensamiento, y se propagan como las ondas sonoras del éter en las alas del radio.
Pero quiero dejar la impresión del Tablada juvenil, de perfil aquilino y sangre mora, de mostachos enhiestos y perilla de mosquetero, de ingenio agudo y fulgurante que pescaba al vuelo la imagen como un tutubicí una abeja de oro; de una despreocupación peregrina que le permitía andar vestido de terciopelo, americana abotonada hasta el cuello, pantalón bombacho y chambergo felpudo, todo en negro, con la nota verde de una corbata apenas perceptible bajo el cuello flojo; o bien andar como un cowboy de las praderas, vestido de kaki y calzado con gruesas botas ferradas, por los asfaltos de la ciudad. Pero éste era el Tablada callejero que alardeaba de bohemio y a quien no le importaban nada los comentarios del burgués a quien asombraba; el otro era el del austero recogimiento en su taller de artista, en el vasto salón de su casa de Coyoacán, donde había atesorado todos los bibelots que había podido adquirir y todos los libros raros que había buscado; allí se le veía tras de su mesa de trabajo, vestido con su kimono japonés, sentado en un sillón conventual de brazos, con minúsculos tibores sobre su mesa, en los que ardían popotes japoneses untados de raros perfumes que al consumirse dejaban un rastro de exquisito aroma; su virtud de grafómano estaba aquilatada por la suntuosidad de su memoria que conserva intacta y lúcida después de sesenta años de brega por la vida, con la limpidez de todos los detalles al evocar personas y cosas que pasaron hace medio siglo. Los muros de su taller estaban llenos de pinturas japonesas en seda, de kakemonos y páginas de álbum niponas firmadas por firmas ilustres, Hokusay, Hiroshigué y otros grandes artistas. Una bugambilia morada subía del patio enlosado al techo, toda en flor, y una de sus ramas floridas entraba por el cancel de la puerta interior como un saludo de juventud. Ídolos aztecas y japoneses, máscaras, tibores, platos y tazas de porcelana china y japonesa se hallaban sobre mesitas de té, consolas y rinconeras de laca y bambú; y entre ellas descollaba un maravilloso cacharro blasonado con la firma ilustre de Satzuma, que Tablada obtuvo en un bazar japonés y que un día al andar mostrándolo en el bar provisto de una lupa para que se pudieran observar todos los detalles de la preciosa porcelana, Domingo Arámburo lo dejó caer al suelo donde se hizo pedazos. Tablada, después de decir horrores del etilismo torpe, reconstruyó pacientemente la tacita hecha trizas pegándola con greda: tan sólo esta vez le vimos llorar. Su fecundidad epigramática, al par que la de Urbina, era asombrosa; pero los epigramas de Tablada eran puyas crueles, no podía hacer una frase humorística o un epigrama sin herir o cuando menos levantar ámpula. Fue famosa en los círculos literarios la sátira de Tablada contra Díaz Mirón, cuando apareció su libro de poemas intitulado Lascas, del que el editor Araluce se pavoneaba de haber pagado nueve pesos por cada verso. Tablada escogió los versos más vulgares del libro para satirizarlos y exclamaba: "La payita se llama Sidonia"... ¡Nueve pesos!... "Vino a México en una barriga"... ¡Nueve pesos! Y todos los oyentes le festejaban la puya sarcástica. Sin embargo, solía hacer epigramas festivos sin trascendencia. Fue muy celebrado un epigrama suyo cuando empezó a aparecer diariamente en El Imparcial, una cuarteta que era anuncio de las camas de Mestas. Tablada exclamó un día entre sus amigos:
Ya no hay sumas, ya no hay restas
ni tampoco divisiones,
sólo multiplicaciones
sobre las camas de Mestas.
La agilidad intelectual de Tablada era proverbial. Cierta vez que su novia le pidió que se quitara la "mosca", es decir la perilla que se dejaba en el labio inferior, se la rasuró y se la ofreció diciéndole: "A Venus se le sacrificaban palomas; a ti se te sacrifican moscas." En otra ocasión que se halló por casualidad una cigarra primorosa de metal, contestó a Benamor que le había dicho que se la vendiera:
Ya que mi suerte tan charra
ha alborotado el cotarro,
no te daré la cigarra,
pero te daré un cigarro.
Y le presentó abierta su cigarrera de marfil. Fue también celebrado el epigrama que le hizo a Jesús Urueta, quien quería ponerle a un hijo el nombre de Marco, en italiano:
Urueta, no seas canijo
escucha, por Belcebú;
no le pongas Marco a tu hijo,
ponle mejor passe-partout.
Cuando el poeta Salvador Díaz Mirón tuvo la peregrina idea, que realizó, de obtener del gobierno de Veracruz permiso para perseguir al famoso bandido Santanón, Tablada exclamó regocijado:
Hay vates de guitarrita
y hay vates de guitarrón;
unos van a Santa Anita
y otros van a Santanón.
En otro libro hemos dicho que cuando el pintor Gerardo Murillo se afilió en la Revolución y cambió su nombre por el pintoresco de Doctor Atl, Tablada, que era su amigo íntimo, exclamó:
De Bartolomé el homónimo,
ya que emularlo no pudo,
se ha adjudicado un seudónimo
que parece un estornudo.
Hemos consignado también un exabrupto suyo cierta vez que comíamos en la casa del poeta Valenzuela, donde comía también el Cónsul Fernández Pasalagua que acababa de serle presentado, y a quien increpó diciéndole:
Para no comer de guagua
ni beber como un rabino,
pasa el vino, Pasalagua,
Pasalagua, pasa el vino.
Su vida juvenil fue un huracán. Su salud magnífica, que reaccionaba espléndidamente con duchas y gimnasia después de una crisis en la que se le veía vagar como un espectro, lo decidió a propagar la gimnasia tanto por medio de artículos en la prensa diaria como por medio de aparatos de gimnasia modernos. Una vez que se pavoneaba delante de don justo Sierra de esa propaganda, su amigo Benamor, para complacerlo, le dijo que había empezado su instalación de gimnasia instalando un aparato.
—¿Qué aparato instalaste? —preguntóle triunfante.
—¡Colgué una hamaca! —contestó el sibarita.
—Veo que hace usted prosélitos —comentó don justo Sierra riendo de buena gana. Su vida azarosa estaba llena de sorpresas, pues su popularidad era incontestable, y todo México lo conocía, lo cual no impedía que muchas veces se pasara el día sin dinero, por su altivez ingénita. Una vez agotóseles el dinero a él y a su amigo Benamor a pesar de una batida tenaz que habían dado para buscarlo. Al caer la tarde despidiéronse sin haber comido los dos amigos, y al ver la inutilidad de sus esfuerzos, Benamor dijo estoicamente:
—Hay días que se cierran todas las puertas...
—¡Hay años!... - comentó suspirando. Pero su orgullo, cuando recibía dinero de su editor, era invitar a sus amigos a comer en su casa patillos exquisitos preparados y cocinados por él, pues además de ser un exigente gourmet era un excelente cocinero. Preparaba un pollo con curry, el delicioso platillo hindú, que era para chuparse los dedos. Contábase que una vez, no trayendo dinero en el bolsillo, entró en un bar para ver si había algún amigo con quien beber, y con gran asombro vio que lo llamaban regocijados varios amigos que estaban sentados en torno de una mesa.
—¡Qué bueno que has llegado!
—¡Nos has salvado!
—¿Pero por qué? —dijo Tablada asombrado.
—Porque se nos ha acabado el dinero y estamos debiendo estas copas.
Tablada impertérrito dijo: —No tengan cuidado —y llamando a un criado le ordenó que sirviera las copas. Todos bebieron alegremente lo que les vino en gana pedir, y Tablada ordenó que fuera servida otra ronda de copas y otra aún. Después se levantó y fue directamente al cantinero. —Oiga usted —le dijo apresurado—, necesito urgentemente que me preste usted cien pesos.
—¿Cien pesos? ¡Pero está usted loco! Yo no dispongo de esa cantidad.
—No diga usted eso: necesito ese dinero a todo trance y sólo usted me puede salvar: es un compromiso urgentísimo.
—Pero ya le he dicho a usted que me es imposible prestárselos.
—¡Y a mí me es imposible pagar una deuda sagrada, y no tengo ni para pagar las copas que he pedido!
—¡Ah, todo fuera como eso! Las copas me las pagará usted cuando quiera, pero no puedo prestarle el dinero.
Tablada volvió triunfante y dijo a sus amigos: —¡Vámonos! ¡Las copas están pagadas! añadió volviéndose al criado. Y salieron todos a la calle, donde al oír el diálogo relatado por el poeta, pusiéronse a reír a todo trapo para celebrar la aventura. Al día siguiente Tablada fue a pagar.1
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Rubén M. Campos, "El bar", en La vida literaria de México en 1900, México, 1935, pp. 165-170.