Murió bajo el negro pavor de las frondas
la luz argentada de los plenilunios...
y por la obsidiana de las yertas ondas
van —cisnes fantasmas— nuestros infortunios...
Llueven hojas secas en las pastorales!
Descienden temblando los copos de nieve,
y en el nido tibio de los madrigales
la sombra nocturna sus cenizas llueve...
El viento de otoño temblando arrebata
las notas triunfales de aquella sonata...!
Con abominables risas irrisorias
ríe un Hermes negro sobre aquel idilio,
y buscan las brumas del eterno exilio
con vuelo emigrante las dulces memorias!
¡Sonatas perdidas! ¡Muertos madrigales!
Pasaron los fastos, y el viento y el buho
en las espesuras de los saucedales
preludian las notas de un trágico dúo...
Bajo la pavura de un cielo sin astros
sigue la Tristeza, como hambrienta loba,
de un amor que muere los sangrientos rastros
y aúlla a las puertas de la negra alcoba...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cubrirán tu cuerpo con sudarios rojos
las sangrientas lunas del recuerdo impío;
prenderán cilicios en tus brazos flojos
y arderán al llanto de los tristes ojos
tus ojeras..., hiedras llenas de rocío!
Hay hienas que rondan tu sepulcro en vano!
Yacen en la cripta nuestras dos estatuas!
¿Sientes el abrazo del voraz gusano
y el ósculo verde de las luces fatuas...?