Poesía
El florilegio
Hostias negras
Ónix

Torvo fraile del templo solitario
que al fulgor de nocturno lampadario
o a la pálida luz de las auroras
desgranas de tus culpas el rosario...
—Yo quisiera llorar como tú lloras!

Porque la fe en mi pecho solitario
se extinguió como el turbio lampadario
entre la roja luz de las auroras,
y mi vida es un fúnebre rosario
más triste que las lágrimas que lloras.

Casto amador de pálida hermosura
o torpe amante de sensual impura
que vas -novio feliz o amante ciego-
llena el alma de amor o de amargura...
—Yo quisiera abrasarme con tu fuego!

Porque no me seduce la hermosura,
ni el casto amor, ni la pasión impura;
porque en mi corazón dormido y ciego,
ha caído un gran soplo de amargura,
que también pudo ser lluvia de fuego.

¡Oh Guerrero de lírica memoria
que, al asir el laurel de la victoria,
caíste herido con el pecho abierto
para vivir la vida de la Gloria!...
—Yo quisiera morir como tú has muerto!

Porque al templo sin luz de mi memoria,
sus escudos triunfales la victoria
no ha llegado a colgar, porque no ha abierto
el relámpago de oro de la Gloria
mi corazón obscurecido y muerto.

Fraile, amante, guerrero, yo quisiera
saber qué obscuro advenimiento espera
el amor infinito de mi alma,
si de mi vida en la tediosa calma
no hay un Dios, ni un amor, ni una bandera.


Dedicado a Luis G. Urbina, en El Siglo XIX, 23 de septiembre de 1893 p. 1; Revista Azul I (7) 17 de junio de 1894, p. 99; El Mundo, 27 de junio de 1897, p. 443; La Patria, 19 de agosto de 1900, p. 2;El Universal, 18 de noviembre de 1900; La Patria, 15 de enero de 1905, p. 2.
Incluido en la sección "Hostias negras" de El florilegio (1904).