Para El Siglo XIX
A Carlos López
Al fin escapa, oh ciervo perseguido,
del negro bosque donde hiela y llueve,
aunque la sangre de tu flanco herido
salpique la blancura de la nieve!
Al fin, bufones: que el dolor reviente!
Que vibre al fin la queja dolorosa!
Y al arrojar el antifaz riente
enseñad vuestra máscara llorosa!
Al fin, con vuestras puntas aceradas
herid los corazones conmovidos:
Saetas de los arcos disparadas!
Dolores de las almas desprendidos!
¿Qué sufro? ¿Por qué lloro? En mi memoria
algo funesto y trágico diviso;
¿soy Luzbel a las puertas de la gloria,
o Adán en el dintel del Paraíso?
Sé que tuve alas y que se han plegado,
que al alma dije: Baja, tú que subes!
Que si fui Primavera estoy helado,
que si fui estrella me llené de nubes!
Soy el puñal que se hunde en su cubierta,
y el rayo que se hiere fragoroso!
Yo sé que soy la tuberosa, muerta
por beber en su cáliz venenoso!
Dolor que sobrevives al suicida
eres el huésped de mi alma, y siento
que acompaña la marcha de mi vida
tu fúnebre tambor, Remordimiento!
¡Oh Reina!, alumbrarás como la Luna
mi noche atroz. El porvenir distante
guarda la hora nupcial, y el palpitante
beso de amor que nuestros labios una?
Si como el sol entre la bruma pálida
surge el perdón en tu glacial orgullo,
verá la Primavera dulce y cálida
volar la mariposa en la crisálida
y reventar la flor en el capullo!
Si no llegas a mí, como lejana,
oh luna de mi amor!, no puedo verte;
con la llorosa Lévanah, mi hermana,
he de beber el vino de la Muerte
en la crátera negra del Nirvanah!