Poesía

La poesía de José Juan Tablada que aquí ofrecemos es tan amplia como diversa; transita de las formas tradicionales, propias del decadentismo y el modernismo, a las de vanguardia, como el caligrama, el simultaneísmo o el haikú. A pesar de las cambiantes formas y ritmos, sus temas siguieron siendo la observación de la naturaleza, la condición humana y la reflexión en torno a la mexicanidad. Incluimos también las diversas traducciones que hizo de poetas en lengua francesa, portuguesa, inglesa y japonesa.

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Compilaciones de poemas inéditos o aparecidos en publicaciones periódicas.
Los mejores poemas de José Juan Tablada
Versos de álbum

(Moda ochocentista)

Diome Loreley un pulcro papyro de albo marfil,
y que en él rimara versos de la virgen fue la ley;
yo invoqué, acatando al punto la pragmática sutil,
                    a Teodoro de Banville
                    por cantarte, ¡oh Loreley!

Y el Maestro rasurado a flor de piel,
las pupilas con fulgores de cristal,
ancha frente coronada de laurel,
con palabras como abejas por el dardo y por la miel,
y la boca -dulce y áurea- de panal,

dijo:
—¡Canta un ritmo jovial! Que tu lápiz
no sea batuta de grave Te Deum;
madrigal ingrato el que cual Buey Apis
va hacia la lisonja como Serapeum!

Quien la simetría encomia
da al poema y a sus tópicos
el aspecto de la momia
entre sus vasos canópicos.

                        Ante el consonante arisco,
                        en meditación ingrata
                        no te absorbas, cual hibisco
                        parado sobre una pata...

¿Da la rima trabajo?
Déjala sola...
¡Y que el escarabajo!
ruede su bola!

               Y dile a Loreley que es muy bonita,
               distinguida, modesta, culta, rara,
               puerperal —aunque virgen— multipara
               ¡y deliciosamente hermafrodita!


Noche del trópico

En la fúnebre bóveda no brillan las estrellas,
jamás enlutó el cielo más lóbrego capuz...
Y sin embargo estriado de tenebrosas huellas
bajo el cielo de ónix el mar es todo luz!

Sobre el profundo abismo la luz es móvil nata
do apenas un Erebo de sombra se desliza,
y en esa temblorosa película de plata
en perlas se deshace la ola que se riza.

Pero sobre la borda el nauta que se inclina
teme que finja un sueño su rápido vislumbre
de incandescentes peces y flora submarina
y anémonas de fósforo entre árboles de lumbre,

y —de un pez luminoso al lívido fanal—
el cadáver de un náufrago, que en la sombra total,
con los huesos tan blancos que parecen de luz,

                        es igual
                        a una cruz
                        de cristal...!


Exégesis

Es de México y Asia mi alma un jeroglífico.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Quizás mi madre cuando me llevó en sus entrañas
miró mucho los Budas, los lotos, el magnífico
arte nipón y todo cuanto las naos extrañas
volcaron en las playas natales del Pacífico!

Por eso amo los jades, la piedra esmaragdina,
el verdegay chalchíhuitl, por su doble misterio,
pues ornó a los monarcas de Anáhuac y de China
y sólo nace en México y en el Celeste Imperio.

Envuelto en los suntuosos brocados de la Sérica
y exornado de jades, mi numen es de América,
y en el vaso de ónix que es mi corazón,
infundiendo a mi sangre su virtud esotérica,
               ¡florece un milagroso
               cerezo del Japón!


Rosas

Rosas nacidas de la carne de Fátima,
sois sublimadas y esenciales,
absolutamente carnales.

Reviven en las rosas
las muertas cortesanas
con sus ojeras
y sus gruesos labios,
y sus rostros de porcelana,

y el pródigo corazón
que ahoga en el perfume
de las íntimas sedas
vagos aromas de putrefacción...

El rosario es el serrallo
donde la doncellez de los capullos
la faunalia espectral ha desflorado.

(¡Misas Negras de luz plenilunar,
silencio, aromas, nácar y cristal!)

De las torpezas de la carne al fin
encarnará un día entre las rosas
mi corazón de viejo mandarín

y sobre el viento cálido
de las noches de luna
en un brote de estrellas
que han de cuajarse en rosas
surgirán las amantes de ayer.

          Rosa Blanca de Nieve
          Rosa Scheherezada
          Rosa de ámbar Manon Lescaut
          Rosa Negra Reina de Saba.

Y en el Barco-de-Flores del nocturno jardín
las rosas se abrirán..., esperando
el sabio amor del viejo mandarín...
con los labios de carmín
y ojos en blanco...


La Paloma Cuerva

La daifa que se ha marchado,
antes del toque de ánimas, de mi alcoba,
dejó su corazón olvidado
junto al velón de azófar,
sobre la mesa de caoba...

          Esta noche sus ojos sonámbulos
          a lo largo de la calle negra y fría,
          vendrán en vano a buscarlo...

          Con los vientos nocturnos enfilados
          a lo largo de los portales
          ¡mas no lo encontrarán! En mi calle
          todas las casas son iguales...

Los perfumes de almizcle y toronjil
que dejó la daifa en la alcoba
murmura a mi oído:
¡devuélvele su corazón!

          ¿Mas dónde vive la Paloma Cuerva?
          Más allá de la traza y las calles del agua
          seguí una vez prendado el vuelo de su enagua...

          Un escrúpulo me remuerde,
          que aquieta especioso demonio,
          en tanto que el insomnio
          dibuja en la pared una cruz verde.

¡Sí, le devolveré su corazón!
Mas si antes de llegar a su puerta
buscando en la sombra la morada incierta,
¿tropiezo con la Inquisición?...

Yendo a través de la ciudad dormida,
como un trasgo, me veo,
con aquella entraña escondida
que canta y sangra bajo mi manteo.


La mujer tatuada

Las huellas de los pies de sus amantes
han cubierto su alcoba
con un tapiz de peregrinaciones.

La arcilla de su seno
está llena de huellas digitales,
y todo su cuerpo de jeroglíficos
de colibríes, besos
de sus amantes niños...

El vuelo de sus cejas
en su frente admirable
posa un perfil de zopilote
sobre los cráneos del zompantli,
que echa a volar cuando sus ojos
luminosos se abren...

          Espejo de obsidiana
          del brujo Tezcatlipoca;
          yugo de granito;
          ¡cóncavo
          vaso de sacrificios!

Cuerpo macerado de inciensos
como las paredes de los templos.
Un pasajero amante
dejó escrito su nombre en un tatuaje
sobre su carne.

Su esencial orquídea,
como las de Mitla,
surge entre las piedras del templo
promulgando sangre de víctimas,
imán de mariposa ilusión
que flota en claros de luna o tiembla
en un verde rayo de sol.

La Teoyamique sonríe en sus dientes
y el jaguar de su ardor abre las fauces
al través de una enagua de serpientes

y, hélice del Calendario ancestral,
su misterio sobre nuestras escamas
riza elásticas plumas de quetzal.

De su alma llena de sepulcros
suben hasta sus ojos
espectros y vislumbres de tesoros

y tanta pasión suprimida;
¡momias que emparedó el Santo Oficio
y hoy implacables resucitan...!

Mientras su carne de cera
arde con flama de pasión
como gran cirio de la Inquisición.

Se siente Emperatriz en las verbenas
y en la profunda ergástula de sus amantes, Reina,
y aspira como ídolo copales y alhucemas.

Caen los besos, de sus ojeras a la sombra,
en el ávido surco de su boca
y sus senos se hinchan
como si fueran a brotar dos rosas...

En su vientre está la equino-cáctea,
en su vientre infecundo
¡tan blanco como la Vía Láctea
llena de mundos...!

Sus pésames aúllan con los coyotes de la sierra
y su máscara estampada de flores
cubre una sonrisa de hiena.

Con submarinas medusas
en espejismos de Atlántidas
ruedan sus ojos en blanco
cuando entre blasfemias roncas
su hombre se rinde entre sus brazos
como un ahorcado en una horca.

Nada, hay
tan semejante a una chinampa florida
como su carne escondida
bajo tápalos de Catay...

Y a ella toda, como la gran curva de luz
del cohete que en silencio vuela
y suspende, doblado en festón de saúz,
un jardín milagroso en la plazuela

a tiempo que a la vera de la vieja casona
esquiva la Llorona
su fluido cuerpo de lémur
y su quejido doliente y vano

como de flauta hecha en un fémur
          humano...

 

                                                  Nueva York, enero 1922


Agua-fuerte

Pasas trotando como si huyeras
y se diría
que antros de vicio buscando fueras
con las pupilas ardiendo al día
entre la sombra de las ojeras...

Tu cuerpo trémulo se arrebuja
con turbadores gestos de vicio,
y vas furtiva como una bruja
bajo las iras del Santo Oficio.

                    Bajo el arco de los tacones
                    de tus empinados chapines,
                    corren los ríos de ilusiones
                    de tus amantes malandrines.

Cubres tu frente con el mantón
y macerada por el pecado
a las campanas de la oración
tiemblas; el cierzo te ha flagelado
con anatemas de Inquisición...

                    La brasa de los besos
                    chirría en tu saliva
                    y las ojeras de los excesos
                    orlan tu carne de siempreviva.

De adobos brujos tus carnes untas
y en fiel consorcio con tu lesbiana,
sobre una escoba las piernas juntas
vuelas a un sábbat de mariguana...

                    En tus ojos alucinados
                    por espejismos de vicio,
                    queman los siete pecados
                    raros fuegos de artificio.

En tu regazo tienes al diablo,
bajo tus faldas arde la hoguera;
hace tres siglos tu sino fuera,
letra y efigie de algún retablo,
morir quemada por hechicera...

                    Cuando al toque de oración
                    flotando en negro mantón
                    en la penumbra apareces
                    y tus miradas destellas                    

                    un murciélago pareces
                    clavado con dos estrellas.


Mujer hecha pedazos

En la morgue del ensueño
pertinaz ilusión refrigera
entre prismas de hielo,
bocas pintadas,
palabras pintadas,
ojos azules,
miradas celestiales
de mujeres telescopiadas
en catástrofes de recuerdos.

Hembra triangulizada
más acá de la cuarta dimensión
entre un mañana y un ayer
y una múltiple intersección.

Sus pies trotamundos
vislumbran mis temores de reojo,
en tremedales profundos,
cuña de bermellón el tacón rojo.

Mientras miran de soslayo
sus ojos de niño en la cuna
con influencias maléficas de rayo
de luna.

El espeso carmín de los labios
tapió un ansia de comulgar
y avivó en ellos los resabios
de besar y de suspirar.

De su espíritu la penuria
resplandece y se aladiniza,
cuando sus lágrimas irisa
recóndito ardor de lujuria
bajo un antifaz de sonrisa.

Sólo ella filaba esa nota
que como suspiro brota,
tiembla en ansia entrecortada
y en un sollozo por fin rota,
se astilla en una carcajada...

La llama de la hoguera de Thaís
crepita una canción de París,
con fuego sobre el caos rubrica
la cadera de cierta chica,
suspira un hipo de pasión
y, boca llena de pavesas
y de sangre del corazón,

tú, mi propia vida, bostezas
como un horno de cremación...


La conga

(Soneto)

La mulata de ébano
mece en una canción
como en fácil hamaca
su candor animal,

y abre su faz lustrosa
de anona tropical
la miel de una sonrisa
granizo y bermellón.

El cabello es pavesa
de la hoguera sensual
de sus ojos abiertos
en la estrangulación,

del cuello y la garganta
henchida de pasión
que agrieta con su sangre
un hilo de coral...

¡Oh poeta maligno
que a Salomón arrancas
el Nigra sed formosa
broquel de tu desliz!

Tapándose los ojos
quedan tus novias blancas;
y tú, desde el crepúsculo
de un pésame infeliz,

ves, al huir la Conga,
que sus móviles ancas
en el Desierto pierden
las yeguas de Belkíss.


El caballero de la yerbabuena

El erudito habla del pasado
y la chica loca-de-su-cuerpo... del futuro.

Un beluario de peces de colores
ansía gozar del instante
de azogue que le escurre entre las manos...

En la más sincopada de las rumbas
préndeme tu vacuna, oh mariguana,
universalizando el incidente

mudanza en la plazuela nocturna
sombras de caoba
y espejos triangulares de roperos de luna

hace equis en mi recuerdo
aquel zig-zag cubista
de la calle del Biombo, de Querétaro...

Estremece el procaz orgullo
de sus ancas elásticas
la daifa
ajena al ejemplar candor
de sus ojos de camaleón

                    entre la jaula ultra-violeta
                    y profesional de la ojera,

mientras que las momias del docto
apenas exhumadas se hacen polvo...
¡QUIÉN VIVE!... Grita la boca brutal del cuartel.
¿Quién vive?... ¿Quién muere?... ¡Quién sabe!...

Las caobas se desploman en ébanos,
un relámpago frota de amarillo
los pretiles de vidrio
donde estrellan los gatos
sus violoncellos sádicos...

Escurre por los muros bermejos
un escalofrío plateresco...

EL GIGANTE INDIO VERDE
sentado en cuclillas
en medio de la plazuela de Regina,
devora su irónica angustia
dentro de las transparentes
pirámides de la Luna...

                    ¿Querría deshacer sus basaltos
                    de dolor antediluviano?

¡QUIÉN VIVE! Truena otra vez la voz
en fogonazo de pólvora y alcohol...

Coheteros de la noche, carboneros del día,
                    mujerzuelas de la rumba,
                    amigo erudito
                    torvo político
                    arzobispo
                    jardinero de Xochimilco

que espiabais detrás de la esquina
os acordáis que el espectro contestó
frente al volcán y al sol
¿Quién vive?...

                    EL CABALLERO DE LA YERBABUENA
                                                              ¡YO!


Canción de las escalas de oriente

Yo fui un marinero de la escala de Oriente,
Mariveles, Malaca, Luzón, Singapur...
Mascando nueces de betel, la frente
me bañó el terral sobre el piélago azul.

Luzón, Mariveles
¡Singapur, Malaca!
Cálidas bocas pulposas y llenas de mieles,
máscaras ebúrneas con dientes de laca,
miradas de antílope, plumas de avestruz
                    y de casoar,
y aquel renegado que pisó la cruz
y luego, sonámbulo, arrojóse al mar...

Hamacas isleñas; sonoro y azul caracol
con músicas sordas
y lunas fosfóricas en su tornasol...
Orquídeas y plumas con todo el espectro solar;
la orgiástica noche del Puerto
¡y las Mil y Una Noches del mar!

Buscamos en vano las Islas del Oro y la Plata...
¡Cuántos archipiélagos bañados de sol y de luna
mintieron al viejo pirata
poder y fortuna!

Surgiendo del mar, a babor y estribor,
Ceilán y Cavite, Malaca y Luzón.


Nubes

Parecen esas nubes, oh Miguel
Ángel, de las canteras de Carrara
por tu magnífico cincel
hasta el Olimpo arrebatadas!

Y esas otras, violetas y amarillas,
al borde de una noche azul y plata,
floripondios y lilas
exhalaron su aroma deshecho en serenata...

Los plumones de aquellas
para incubar ensueños son un nido
adonde ángeles nacen y aletean,
galaxias do los mundos del poeta
giran en la espiral del arquetipo.

Paganas son las otras por su púrpura
de Tiro y de lagar —Zeus y Dyonisos—;
cuadrigas, crines y las carnes blancas
de Afrodita retornan a la espuma,
y de Pegaso las rotundas ancas
o de Quirón, a la dorada bruma.

Bruma de oro, todo es oro, así
el Ángelus... Al son del campanario
la ermita parda y pobre... Yo la vi
desgajándose, toda abierta y
mostrar su corazón de relicario!


El viejo vestido de azul

Grumete pescador
en el anzuelo clavaste
tu corazón
y lo echaste al crepúsculo
férvido de sirenas.

Fue rebelde al mercurio de la luna
tu sífilis sentimental
oh viejo marinero
de barbas de collar!

Diste la vuelta al mundo
como tu navaja
mondando naranjas.

Tanto viajar
te hizo la Tierra
huera
como tu esfera
armilar.

El casco de tu bergantín
camuflado de tiburón
abría en su velamen
cien alas de albatrós.

Las tardes de tu niñez quedan
en las conchas de madreperla...
Y los clamores de tus años mozos
en los caracoles sonoros.

Hoy, en tu camarote tapizado
de sueños de opio,
zumban en vano los moscones
de los mensajes inalámbricos.

En la estela de tu brick
va el oso blanco y el delfín,
y los astros irónicos
clavan sus alfileres
en los ojos de los peje-mujeres.

Fuego de San Telmo
S.O.S.
ahorcado
en el trinquete.

Jazz-band
de Nueva York
en la noche y el mar.

Viejo Simbad, adónde está el portento
tras el destilar el Zodiaco
en el alambique del astrolabio
y deshojar la Rosa de los Vientos?...

A no ser por los alisios
de tus instintos,
Dios sabe
si al garete flotaría
tu vieja nave
de filosofía...

El paternal orangután
que despertó dentro de ti
en el abordaje y el motín;

la voraz y locuaz cacatúa
que entre frondas de vanos pudores
picó siempre la fruta madura
en el árbol de las mujeres.

Todo pragmático, menos
aquella escafandra con alas
para bucear estrellas.

Volvías
con las manos vacías
tiznado del vapor
de la Vía Láctea
y de sus sacos de carbón.

Y el telescopio doblaba
su inútil cuello de jirafa
hambrienta de lunas...

No pudiendo morder el astro
ni tampoco sorber su reflejo
en el charco...

NUESTRO DESEO ES LA ASÍNTOTA
DE LA BELLEZA Y LA VERDAD
Escribiste dentro de una botella
y la arrojaste al mar!


El oro aciago

Cristo, Mahatma, yo te imploro:
¡haz que se pudra el oro!
¡Sea cada tesoro
estercolero inmundo,
y acabarán las infamias del mundo!

Que cada onza del metal insano
sea una llaga de lepra en cada mano;
cada lingote que se desintegra
tórnese foco de la Peste Negra.

¡Que fulmine electrones tu justicia, Jesús!
Tú que al mendigo en rey conviertes,
¡torna en tanques de pus
el negro seno de las cajas fuertes!

Padre de esclavos y mendigos, haz
que termine del Oro el reino atroz,
¡y el hombre estará al fin cerca de Dios
y sobre el mundo reinará la paz!


Fuerza vital

Que todo sea vibración
y nada más que movimiento,
es Omega de la razón,
Alfa de renunciamiento,
brasa de purificación...

¡La Fuerza es lo absoluto; la Causa
Única. La Teleología
allá late, en ella se encauza
y no hay mayor sabiduría!

Por fin se reposa mi alma
de aquel vuelo ciego y atroz,
y ya sin angustias y en calma
oye una verdad que la ensalma:
¡la Fuerza es Brahma, el Logos, Dios!

Idénticos, en tal vislumbre
átomos y universos ve...
¡Oh recóndita certidumbre,
surja una llama de tu lumbre
y mañana..., serás mi fe!

Dibujo una flecha y seis puntos
—símbolo de fuerza y trayecto—
y en tal esquema miro juntos
la única causa..., el solo efecto.

La Fuerza con el Movimiento;
lo Absoluto y lo Relativo...
¡" Non plus ultra" del pensamiento
más ambicioso y más altivo!

¡De la razón opimo fruto,
aunque rebelde se resista,
no conocerá otro Absoluto
el orgullo antropocentrista!

Hasta de la materia vi
deshacerse la realidad,
color o tacto..., cualidad
pero nunca "la cosa en sí"!

Siempre el movimiento en esencia,
todo objeto con él detrás
revelándose en mi conciencia,
mentalmente..., allí nada más...

¿El átomo?... Pero, en verdad,
¿qué humano lo ha distinguido?
Sólo sentís su cualidad,
tacto, aroma, color, sonido...

¿Nuestra experiencia y la Verdad?...
Cinco sentidos..., ¡cinco velos
entre el ego y la claridad
adamantina de los cielos!

¿La Verdad ver?..., ¿oír?..., ¿oler?...
¿La Verdad gustar y tocar?
Luz, música, flor de azahar,
rojo vino..., bella mujer...

¡Son ondas de la vibración
que engañando vienen y van
del pensamiento al corazón,
del serrallo de Salomón
a la tienda de Omar Khayam!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh Fuerza que eres sin disputa
la única entidad absoluta:
haz que la lumbre crezca en llama
y a las tinieblas de mi ruta
al fin llegue la luz de Brahma!

¡Aunque pasen tus elefantes,
Brahma que al Yoghi te revelas,
por el jardín amado antes,
sobre el seno de las amantes
y las rosas..., y las gacelas!