Prosa varia
Crítica sobre José Juan Tablada
Cómo conocí a José Juan Tablada

El ilustre poeta de El Florilegio deba fraternal acogida a los artistas noveles; para algunos fue su voz como la del Mesías ante el sepulcro de Lázaro. Quien esto escribe le debió, antaño consejo y guía; y ahora, al saber la noticia de su muerte, desempolva el artículo inédito donde ha veintiocho años —exactamente: el 17 de julio de 1917—, recogió las impresiones de su primera visita al poeta. Podado para ajustarlo a la medida de una página aquí sale a la luz por vez primera. El único y parvo mérito de esos juveniles renglones es la exactitud. Sirven de conmovido adiós al artista incomparable.

Quiso el azar que el domingo pasado, blanda pereza me retuviese charlando con el fino prosista de Almas Inquietas, Guillermo Jiménez, en la acogedora casa donde él es huésped y yo comensal. Allí se nos reunió el delicado escritor Manuel Horta. Jiménez se proponía visitar a José Juan Tablada, recién llegado de Nueva York después de algunos años de destierro; pero estaba saturado de mañana de julio esto es: plácidamente abúlico, y aunque la cita con el poeta era a las diez, sonaban las once cuando salimos a tomar un tranvía que nos llevase a la segunda calle de Pachuca número 8B. Jiménez tenía una vaga idea de su ubicación. Yo, jamás había oído mencionarla. En cuanto a Horta aseguraba: “Es por allá”. Y cuando el tranvía se detuvo cerca del Hipódromo, bajamos y nos fuimos “por allá”, hacía Chapultepec.

La mañana, aunque ya muy alto el sol, era deliciosa. Hollando el asfalto de las desiertas calles, aun sin casas, y cruzando solares sembrados de hierba, era placentero recitar versos en la vasta soledad de ese páramo urbano. Y así, vagando a campo traviesa, llegamos por fin al Edificio Condesa, en cuyo cuarto piso habita José Juan Tablada.

El insigne cantor de “Los pijijes” es artista de múltiples competencias: poeta, orientalista, crítico, periodista, dibujante. Habla el francés y el inglés tan correctamente como el castellano, y, a lo que entiendo, algo conoce del idioma japonés, cualidad que en todo tiempo se tuvo justamente por excepcional. Es deportista; boxea, esgrime, lucha. Ha viajado. Ha vivido con intensidad. Y para que a su consagración nada falte, le han atacado injustamente. Frisa en los cuarenta y cinco años, pero los lleva con lozanía; complexión recia; las manos, fuertes; cabellera abundante, partida al medio y rica ya en hilos de plata; la faz, rapada con pulcritud; acaballada la nariz; muy pobladas las cejas. Esa mafiana vestía un palm-beach, camisa floja y corbata flotante.

En su salón, tres baúles abiertos pregonaban su reciente regreso. Pero ya se advertía la nota personal, de arte: colgada en un labrado marco japonés, La Ola, de Hokusai; apoyadas contra libros, dos acuarelas de José Clemente Orozco; sobre el piano, un brocado azul.

El poeta es conversador brillantísimo, de agudo y oportuno ingenio, de muy vasta cultura. Como la política fue causa de su destierro, principiamos hablando de política. De un archivero sacó una carta de Leopoldo Lugones y nos leyó unos párrafos; conservé en la memoria esta frase: “Los artistas debemos dejar la política a los políticos, como las mujeres honradas dejan la prostitución a las rameras”. Y el poeta, un tanto picado, aclara que Lugones puede hablar así porque gana alrededor de dos mil pesos mensuales como redactor de La Nación y por otras colaboraciones. Luego nos cuenta de su destierro en Nueva York durante los últimos meses, la revista Las Novedades le pagaba trecientos dólares por seis crónicas al mes; pero, recién llegado, hubo de trabajar en una fábrica de bombillas eléctricas ¡en donde se olvidaron de cubrirle el salario de la primera semana!

Siguió la charla, Tablada le dijo a Horta que conoció a su padre, Aurelio Horta, fino ironista, autor de amenas crónicas publicadas en Revista Moderna. El novel autor de los exquisitos “Vitrales de Capilla” pidió al poeta autorización para leerle, en ulterior visita, su libro, aún inédito. Se convino una fecha.

—Y usted, me preguntó, ¿también escribe?

Juzgué que los dos o tres cuentos que he publicado no me autorizaban para contestar afirmativamente, y repuse:

—No, señor. Soy amateur.

—Es usted más feliz que nosotros.

Frase de penetrante filosofía. Es cierto: el amador de la literatura goza de todos sus encantos y no sufre los dolores del creador de ella; la idea que se escapa, la forma que se rebela…

Después de curiosear un manojo de llaves del siglo XVI, mínima parte de la colección del poeta, cultor de la belleza en todas sus manifestaciones, hojeamos un álbum con fotografías del museo que fuera su casa en Coyoacán; hablamos de su fuente de azulejos, y de sus rosas Sheherezada, de lunar blancura. Rodó la conversación sobre pintores y Tablada nos mostró un cuaderno de magníficos xilogramas de Hirochigué: Las cincuenta y dos vistas del Tokaido. Horta murmuraba, admirativo:

—¡Qué bonito! ¿Eh, Abate?

Y yo asentía:

—¡Qué bello!

Lo de “Abate”, cordial sobrenombre que han comenzado a darme mis amigos, a causa, dicen, de mis maneras unciosas y de que suelo citar algún latinajo sorprendió a Tablada. Pero discreto nada preguntó. Y probablemente por exseminarista pasé.

Nos enseñó el poeta una suntuosa edición de los Rubaiyat en ingles ilustrada cada cuarteta con un sugerente dibujo orientalista.

—Del Oriente nos viene la luz, dije.

—Hoy como siempre, asintió; es fuente inagotable de arte y de belleza.

En fin, el poema ilustre, que a los jóvenes reserva tan alentadora acogida, puso en nuestras manos un álbum con dibujos de Ruelas, Ponce de León, Núñez, Orozco, Roberto Montenegro, Jorge Enciso y el propio Tablada. En una pausa le dije mi devoción hacía su poesía:

—Desde hace años gusto de sus versos. Y recuerdo el placer con que leía sus admirables crónicas en la Revista.

—¿En la Revista? ¿Las crónicas del Japón? ¡Pero de eso hace mucho tiempo!... ¿En la Revista Moderna?

—No. En la Revista de Revistas. Las crónicas de París

—¡Ah! ¡Ahora sí!... Mil gracias. Créame que es grato para un escritor encontrar a uno de sus lectores comprensivos.

Pero sonaba la una. Cerramos el álbum. Nos despedimos.

Y no hubo más.

Sí lo hubo. Retorné otro domingo. Y otros. Y así nació una amistad intelectual que ha sido gala y contento de mi vida, alimentada por admirables cartas en las que el poeta me hablada de su estética, de sus estudios espiritualistas, de sus trabajos, de la antología de sus poemas, que bajo su dirección ordené y a la cual puse fervoroso prólogo. Las últimas breves líneas que de él recibí, fechadas en Cuernavaca, son el 8 de febrero de este año. Volvía de Nueva York y me anunciaba que me escribiría. No lo hizo. Contesté esa tarjeta. Todavía le envié un telegrama de felicitación el 3 de abril, día en que cumplió 74 años.

Y no hubo más. Ya no habrá más.

J. M. González de Mendoza
Revista de Revistas, 12 de agosto de 1945.