(font:"Dancing Script")[Rodrigo de Cifuentes nació en Córdoba (España) el año de 1493 y, aunque se ignoran circunstancias de su niñez y primera educación, sabemos que se dedicó a la pintura y que el año de 1513 ayudaba a su maestro Bartolomé de Mesa a pintar la sala capitular de Sevilla. Establecido en esta ciudad, no debió de serle muy productivo el ejercicio de su arte, puesto que en 1523 se resolvió a abandonar su patria y trasladarse a la Nueva España con varias familias españolas, en cuya compañía llegó a Veracruz el día 2 de octubre de aquel año, llevando, según parece, recomendaciones eficaces para Hernán Cortés, a cuyo lado permaneció constantemente y a quien acompañó en su viaje a Honduras en el año siguiente. Tuvo particular amistad con fray Martín de Valencia, que en junio del mismo año 1524, llegó a Nueva España con los misioneros franciscanos llamados “Apostólicos”, y pintó para la iglesia que éstos fundaron en Tehuantepec varios cuadros, de los cuales el que en aquellos tiempos y en aquellos lugares pareció de más mérito fue el que representaba a San Francisco en actitud de orar hincado de rodillas. La protección de estos padres, la muy especial de Hernán Cortés y la circunstancia de ser Cifuentes el único pintor que por entonces había en la Nueva España, le fueron tan favorables, que hubiera podido muy bien realizar su propósito de volver rico a su patria, si la pasión del juego no le hubiera hecho perder todo el dinero que ganaba. Siguiendo su gusto particular, se dedicó especialmente a hacer retratos que le producían cuantiosas sumas, y entre ellos hizo el de fray Martín de Valencia, su amigo; el de doña Marina (conocida por el nombre popular de la “Malinche”), a quien retrató en Coazacoalco, y el de Hernán Cortés en 1528, para el Ayuntamiento de Tacuba. Además pintó una infinidad de cuadros y retablos para la iglesia, y algunos (que fueron los más esmerados) para la casa de Hernán Cortés; los cuales, juntamente con el de doña Marina, perecieron en el incendio que padeció aquel edificio en mayo de 1652, habiéndose salvado de esta catástrofe uno solamente, que es tal vez el mejor de cuantos pintó Cifuentes, y que representa el bautismo de Magiscatzin, con el retrato de éste y de doña Marina. La conservación de tan apreciable pintura se debió a la casualidad de haberla regalado Cortés a los padres de San Francisco de Tlaxcala, en cuyo convento se hallaba en aquella fecha, y en donde existe actualmente. Entre los objetos de antigüedades mexicanas que llevaba a Europa don Lorenzo Boturini, se hallaban dos retratos, uno del conde de Tendilla, primer virrey de la Nueva España, y otro de Alvar Núñez de Guzmán, ambos de cuerpo entero, pintados por Cifuentes según consta de una de las partidas del inventario jurídico que se formó de aquellos objetos y que tuvo en sus manos el autor de este artículo. Cifuentes distaba mucho de ser un pintor de primer orden, pero merece se haga de él honrosa memoria en la historia de Nueva España, tanto por haber sido el primer pintor español que vino a este reino, como por la importancia de las personas de aquella época a quienes dedicó su talento y cuyos retratos dejó a la posteridad.] (font:"Dancing Script")+(align:"==>")[[Anexo: papelillo dejado por "El Conde"->laverdaddecifuentes]] <style> @import url('https://fonts.googleapis.com/css2?family=Dancing+Script'); tw-link{ color: #690500; } tw-link:hover{ color: #D95D39; } </style> </style><audio loop autoplay src="classichorrorone.mp3" type="audio/mp3"> </audio>(font:"Newsreader")+(align:"=><=")+(box:"=XXXXXXXXXXXX=")[<h3>[(text-colour: #1c5327)[Diccionario incompleto, subjetivo y rebuscado de generalidades, ripios y otras cuantas referencias imprecisas o poco útiles]]</h3>] (font:"Newsreader")+(align:"=><=")+(box:"===XXXXXXXXXXXXXX===")[<h3>[[Consultar->palabras]]</h3>] (font:"Newsreader")+(align:"=><=")+(box:"X")+(text-colour: #1c5327)[La experiencia ''//Nadaqueveriento//'' cuenta con audios que se reproducen de manera automática. Use audífonos o baje el volumen.] <style> @import url('https://fonts.googleapis.com/css2?family=Newsreader'); tw-story[tags~="descripcion"]{ tw-link{ color: #6d5010; } tw-link:hover{ color: #79a367; } } </style><div class="fade-in"> [[[<image src="diccionario.png" alt="Diccionario">->descripcion]]] </div> <style> .fade-in { animation: fadeIn ease 10s; -webkit-animation: fadeIn ease 10s; -moz-animation: fadeIn ease 10s; -o-animation: fadeIn ease 10s; -ms-animation: fadeIn ease 10s; } @keyframes fadeIn { 0% {opacity:0;} 100% {opacity:1;} } @-moz-keyframes fadeIn { 0% {opacity:0;} 100% {opacity:1;} } @-webkit-keyframes fadeIn { 0% {opacity:0;} 100% {opacity:1;} } @-o-keyframes fadeIn { 0% {opacity:0;} 100% {opacity:1;} } @-ms-keyframes fadeIn { 0% {opacity:0;} 100% {opacity:1;} } tw-story[tags~="diccionario"]{ tw-link{ color: #6d5010; } tw-link:hover{ color: #79a367; } } </style><audio loop autoplay src="cavewind.mp3" type="audio/mp3"> </audio> <style> tw-story{ background: #edf0c5 } body { margin: 0; padding: 0; color: white; background-color: black; font-family: 'Georgia', serif; font-size: 20px; line-height: 1.6; height: 100vh; overflow-x: hidden; text-align: justify; } .foco { position: fixed; top: 0; left: 0; pointer-events: none; width: 100%; height: 100%; z-index: 10; background: radial-gradient( circle 200px at var(--x, 50%) var(--y, 50%), rgba(237,240,197,50) 15%, rgba(0, 0, 0, 0.95) 100% ); mix-blend-mode: multiply; } .contenido { position: relative; padding: 50px; max-width: 800px; margin: 0 auto; z-index: 1; color: black; } .content { position: relative; z-index: 10; } #light { width: 400px; height: 400px; border-radius: 50%; position: absolute; transform: translate(var(--light-position-x, 0px), var(--light-position-y, 0px)); background-color: rgb(231, 221, 122); } } </style> <body> <div class="foco" id="foco"></div> <div class="contenido"> <h2>En plena sombra</h2> <p> Regresaba yo del Real del Espíritu Santo para la capital, cuando una fiebre amarilla, según la clasificaban los naturales de Cutzio, me detuvo en el pueblecillo de este nombre, situado a una legua de San Juan Huetamo, en el estado de Michoacán. En mi convalecencia conversaba algunas veces con el dueño de la casa en que me habían curado y que, por mi buena fortuna, era un rumbeador de minas, o lo que es lo mismo, un antiguo barretero aficionado a buscarlas. —¿Qué tales minas conoce usted por aquí Manuel? –le preguntaba. —¡Válgame Dios, amo, todavía esta pinto jiebre y ya quiere minas! —¡Hombre, para cuando sane! —Tengo dos o tres tuzeritos y una que creo ha de ser güena. —Eso quiere decir que usted no la ha visto. ¿Tiene agua? —No, siñor. No le hace agua, no más la que le entra por el arroyo. —¿Qué arroyo, hombre? —Pos, siñor, el río que pasa por la puerta y que se mete como a su casa. Dicen que es mina vieja y rica; por más señas, del año de diez. —¡Cáspita! ¿Pero qué se va a hacer con un río? — Eso si no sé, siñor amo. —¿Y qué otros agujeros conoce usted? —Pos un joyo grande y jondo la Cueva del Cristo. —¿La qué? —La Cueva del Cristo. —¿Qué cosa es eso, hombre? —Pos siñor, una cueva. —¿Grande? —Jondísima, amo. —Hemos de ir a verla. —Güeno, cúrese y yo lo llevo. Quince días más tarde, y por consecuencia del diálogo anterior, encontrábame con Manuel frente a la entrada de la cueva, formada por un arco de rocas negruzcas; marco en el cual se engastaba un agujero negro y lleno de tinieblas. —¿Trae usted velas? –le interrogué. —Un puño –me contestó. Penetramos en la oscuridad hasta donde fue posible, y después, encendiendo dos velas, una para él y otra para mí, continuamos en medio de sombras profundas y de nubes de murciélagos que, azorados, revoloteaban con ruido siniestro a nuestro alrededor. —Mal agüero –murmuró Manuel haciendo la señal de la cruz. —¿Por qué, hombre? —Porque los murciélagos son jijos del malo. —¿De quién? —¿Pos de quién ha de ser?, del Diablo. Continuamos avanzando entre las sombras que parecían moverse heridas por nuestras dos luces. El piso estaba formado por una tierra floja, suave, untuosa y color de café. Por su sabor picante, fresco y acre, comprendí que era tierra nitrosa. —No la pruebe, amo –dijo mi compañero–, esa tierra tiene pólvora. Sonreí de su candor y me detuve a examinar el lugar donde nos encontrábamos. Era una inmensa oquedad en sentido longitudinal y como de unas doce varas de latitud; su techo lo formaba una bóveda casi plana y bastante baja, de color blanco mate, que marcaba la formación caliza del cerro. A medida que penetrábamos, las tres dimensiones se ensanchaban de un modo asombroso, y una hora después no se veía ni el techo ni las paredes de la cueva. Por segunda vez nos detuvimos en un verdadero océano de sombras. —¿Qué hace? –interrogué a Manuel, viéndole desenredar una cuerda y sacar una pequeña piedra de su bolsa. —Saco la jonda para que rigule el tamaño de la cueva. Y haciendo girar su brazo derecho con rapidez, armado con la honda, despidió, casi en sentido vertical la pequeña piedra, que partió silbando. Fijé el oído con atención y no escuché que la piedra chocase contra el techo. Instantes después caía cerca de nosotros. La altura era profunda. Entretanto, mi compañero había colocado en la honda una nueva piedra, despidiéndola en sentido lateral contra el horizonte de sombras que nos rodeaba. También se apagó el silbido de la piedra sin producir ruido ni choque alguno. Esto indicaba que las dimensiones crecían con igual proporción. Alguna inquietud debió revelar mi mirada, porque agregó: —No tenga cuidado, amo, para salir tenemos nuestras juellas. Y era así en verdad. Nuestros pasos estaban marcados en la tierra suelta y nitrosa, como un surco hecho en arena. —Deme otra vela –dije y encendiéndola, porque la primera se había acabado, continuamos. La atmósfera de la cueva estaba húmeda y fría, llena de sombras y de silencio. De vez en cuando una gota de agua, desprendiéndose del techo, producía un ruido metálico que vibraba en la profundidad de la caverna. Llevábamos dos horas y media de marcha y comenzaba a fatigarme. ¿Qué causa me obligaba a proseguir? Ciertas tradiciones sobre aquella cueva, que hablaban de un tesoro oculto en ella durante la guerra de Independencia, sobre lo cual creía tener ciertos datos que consideraba exactos. Hace años que busco un tesoro o una bonanza, pero con una ambición noble y santa. De aquí nacía aquella tenacidad empleada tan sólo en nadar, por decirlo así, entre las sombras. La Caverna Negra, como la llamaría yo, no tenía estalactitas, ni estalagmitas, ni nada que se le pareciese. Era una abra de dimensiones colosales, húmeda, fría y nada más. Pero como todas las obras que la Naturaleza nos presenta de una manera grandiosa, se imponía a mi espíritu de un modo solemne. Aquello tenía algo como la entrada a la Eternidad. Su silencio era profundo. Su enormidad era elocuente. Abismo negro atraía con fascinación, produciendo lo que podría llamarse el vértigo de la sombra. Se sentía uno como abrumado y se tocaba los ojos, para convencerse de que no estaba ciego. Tenebrosa, llena de misterios y con una belleza imponente, aquella cueva oprimía el espíritu por una sola cosa: la sombra. Concisión formidable. Saqué un reloj viejo de cobre, que marcaba las cinco de la tarde; llevábamos tres horas de marcha, y se habían gastado seis velas, o tres por cada uno de nosotros. —Deme usted otra vela –dije a Manuel, porque se acaba la mía. Este me la entregó, dictándome, al tiempo que se estiraba una oreja, lo que denunciaba en él una fuerte preocupación: —Es la última, siñor amo. Un sudor frió brotó de las raíces de mis cabellos. Salir, recorriendo el camino en que se habían gastado tres velas, con una sola, era más que difícil, ¡era casi imposible. —¡Usted me dijo que traía un puño! —Un puño son siete, siñor amo. —¡Cuán estúpido soy! –murmuré por lo bajo; ¿quién pensaba en el significado de la palabra minera? Y después, en voz alta, y uniendo a la palabra la acción: —¡Atrás! ¡Atrás!, pero aprisa o nos quedamos sepultados vivos. Y comencé a desandar el camino hecho, con rapidez. Manuel me seguía, diciendo: “— En eso estaba yo pensando, y mi pícara oreja lo ha pagado”. Yo no escuchaba. Con la cabeza inclinada, y cubriendo con la mano la llama de la vela, para que el aire no la gastase tan violentamente, caminaba con rapidez, siguiendo las huellas marcadas en la tierra por nuestros pasos. No discurría, no pensaba absolutamente nada; era la opresión de una idea, por decirlo así, instintiva, la que me hacía caminar. ¡Salir, salir! era todo aquella palabra. Salir era equivalente a la vida. Manuel marchaba detrás de mí, fijándose con aire estúpido en no sé qué señales de proximidad a la puerta, que yo no observaba, por no detenerme un solo instante. Marchábamos rápidamente; pero con igual celeridad se consumía la vela. La cueva me parecía eterna y negra y horrible. Había no se qué de siniestro en aquella sombra que nos rodeaba, y que de espectadora se había convertido en amenazante. La oscuridad era el peligro. Titán impalpable pero espantoso. Se sentía uno como agarrar por una mano invisible, por lo negro. La vela entre tanto se consumía... No sé qué tiempo marchamos así. —Debe de estar cerca la puerta –dijo Manuel. —¿Por qué, bestia? —Porque ya empiezan los murciégalos. En efecto, los asquerosos vespertilios pululaban, pero la vela se había consumido y su pábilo agonizante se despedía quemándome los dedos. Repentinamente se apagó. Saqué los cerillos. Prendía uno y avanzábamos. Prendía otro y proseguíamos. Conforme se consumían, la esperanza de salir se desvanecía, y era preciso que se acabasen, y con ellos el último recurso de salvación. Cuando concluyeron, me detuve. Estaba bañado en sudor, y lo digo con orgullo, no era de miedo sino de fatiga. —Sentémonos para descansar y pensemos en los medios que puede haber para salir –dije en voz alta. Lo hicimos así, en medio de las más profundas tinieblas; pero realmente profundas, intensas, inconcebibles para todo aquel que no se ha encontrado en una labor de mina profunda y sin luz. Soy franco, aun cuando parezca fatuidad el decirlo: no he temblado nunca en mi vida, no he tenido miedo jamás, no puedo comprender todavía lo que significa el terror. Pero en aquella noche de tinieblas, oyendo el ruido acompasado y monótono de las gotas de agua, el aleteo siniestro de los murciélagos y hasta los latidos de mi corazón... sentía algo extraño, que me disgustaba, y que, repito, no era terror. Era la mano de la muerte que me acariciaba, el presentimiento de la agonía, el principio o la aproximación de ambas... pero lo repetiré siempre... ¡no! ¡No era terror! Durante algún tiempo guardamos lúgubre silencio. Por fin interrogué a Manuel: —¿Habrá algún modo de salir? —Vamos a ver, amo. En esa ocasión la palabra ver me pareció el mejor y más bello poema de la humanidad: ¡tres letras, pero qué elocuentes! Volvió a reinar el silencio. Yo pensaba, pero no sé qué pensaba. Algo tan negro como las tinieblas que me rodeaban. Más de una hora trascurrió así. —Morir –murmuraba–, de hambre, de sed, y de estar bebiendo tinieblas. ¡Esto no es doloroso... esto es estúpido! Entonces percibí ese ligero ruido que producen los dientes al chocarse los unos contra los otros, y que se llama castañetear, vulgarmente. —¿Qué diablos tienes, Manuel? —Pos, siñor, tengo frío hasta en los huesos. —¡Calla, cobarde! ¡Lo que tienes es miedo! —Pos siñor, eso de morirse de hambre... ansina no me gusta. —¿Pues cuál muerte te agrada, bárbaro? –le dije, tuteándole de pura cólera. —¿Trae su mercé el chisme? Esa palabra chisme fue un rayo de luz para mí. Saqué la pistola, que a esto equivale, y la acaricié con verdadera ternura. —Hágame su mercé la gracia de tirar por su frente, a ver si está lejos la pared. Era una buena idea. Calcular la distancia por el choque de la bala. Amartillé y a la altura mía, hice fuego. Sea que la puntería fuese muy baja, y la bala se hundiese en la tierra, sin producir ruido, o bien que la detonación no lo dejase percibir, lo cierto es que nada oímos. Pero lo que me causó una tristeza infinita fue que apenas percibí el relámpago producido por el tiro. —¡Ciego! –murmuré en voz baja–; ¡ciego, ciego, Dios mío! Esto no era estúpido... esto sí era doloroso. No sé, ni recordaba quién me había contado, que una tiniebla tan densa como aquella podía producir la ceguera. ¡Morir... proseguía yo en mi monólogo; morir, cuando me siento hombre, joven y fuerte, lleno de actividades, de vigores, de sueños, y con una muerte oscura, ignorada y estúpida! ¿Para qué transcribir todo lo que pensé? Hay alguien a quien nada se oculta, que lo ha visto, que lo sabe y que lo ha grabado de un modo indeleble entre las nubes de mis recuerdos. Hacía una hora, poco más o menos, que Manuel había tratado de salir, siguiendo por medio del tacto nuestras huellas; pero a corta distancia se extravió, viéndose nuevamente obligado a permanecer inmóvil. Yo me ocupaba de hablar con mi conciencia. El hambre y la sed, despertadas por la fatiga, comenzaban a hacerse sentir. Las horas se deslizaban, pero de una manera lenta y terrible. Las tinieblas no podían ser más densas. El silencio era profundo, cortado algunas veces por el chillido desagradable de algún murciélago, que con sus alas huesosas me acariciaba la frente al pasar. No era el principio sino la plenitud del sepulcro. La inmensa tumba, como diría Víctor Hugo, pero en la inmensa sombra. Las gotas de agua continuaban cayendo con fúnebre monotonía. Entrar en la Eternidad; pero vivo, con toda la libertad de movimientos, a plena conciencia, de un modo solemne, tranquilo, sereno, paso a paso, pero con la frente altiva... tiene no sé qué de grandioso que me hace aún estremecer de orgullo. Hallábame en la tumba, es verdad, pero ésta era grande, dilatada, enorme. Siniestra concesión de aquel abismo, que me había elegido para su víctima. Toda una caverna por sepulcro, ya era algo. ¡Sepultura de gigante, vasta, amplia, cómoda, y tal vez por esto, entre aquella sombra traidora que había logrado asirme, y toda la miserable tiniebla, que trataba de matarme, yo me sentía Titán! Cuando se espera, aun cuando sea la muerte, el tiempo tiene una lentitud horrible. De pronto Manuel comenzó a llorar. Yo acaricié el cañón de mi pistola. Nada más doloroso que el llanto de un hombre, que como aquel, era enérgico y viril. Le sobraba razón: tenía esposa e hijos y, sin embargo, yo tenía una madre que es y será el culto de mi vida, ¡y no lloraba! Yo había perdido la noción del tiempo. Mi conciencia estaba ya tranquila y sólo escuchaba el ruido de las gotas de agua, que, como el péndulo de la eternidad, aproximaban cada vez más mi hora de partir. En medio de los sollozos de aquel hombre le oí murmurar con temblorosa voz: —Siñor amo... tengo sed... hambre, frío... y sobre todo... miedo del Malo. —¡Cobarde –le grité–, lo que tienes es miedo de morir! —¡Del Malo, siñor, del Malo! Y aquel infeliz, por el terror que le inspiraban las tinieblas, no se atrevía a pronunciar el nombre del Diablo. Francamente, era demasiado, y el destino se encarnizaba ya como un tigre. Yo hubiera podido morir tranquilo, pero solo y sin escuchar aquellos lamentos desgarradores. Por un movimiento que hice, febril e involuntario, mi pistola me besó las sienes, pero la retiré... Su ósculo frío me dijo esta sola palabra... ¿Y Dios? —¡Es verdad! –murmuré. Le había olvidado; pero él no se olvida de mí. En mi espíritu él está y me oye, y me mira y me cuida. ¡Omnipotencia, Misericordia... Padre...guíame!... —¡Yergue tu frente en las tinieblas –me gritó la conciencia–, no abandones a tu hermano, el hombre es el sacerdote del hombre! Me puse en pie, y guiado por el ruido de los sollozos, llegué en algunos minutos junto a Manuel, hablándole en voz alta, para que no se asustase más de lo que ya lo estaba el infeliz. Apenas estuve a su lado, cuando se estrechó contra mí, tembloroso. Sus manos estaban heladas y sus dientes castañeteaban con terror. —¡Vamos!, ¿por qué ese miedo?, ¿qué tienes? —¡Mire, amo, mire! Yo abrí los ojos desmesuradamente; pero por más esfuerzos que hacía, no pude ver. —¿Qué he de mirar, hombre? —Esa sombra, siñor... aquí en nuestros pies... antes era una, y ahora ya son dos... ¡Mire! Fijé nuevamente los ojos en la dirección indicada, y en efecto, percibí, con mucha vaguedad, dos sombras que mal se delineaban a nuestros pies. —¿Qué diablos será esto? –dije en voz alta y fijando más la atención. —¡No los miente, amo!... ¡no los miente! —¡Cállate, animal! ¡Observaremos lo que pueda ser! Al arrodillarme en el suelo, para examinarlas más próximamente, una de las dos sombras disminuyó. Después observé que todos nuestros movimientos eran por ellas fielmente reproducidos. Es evidente –me dije–, que estas sombras las producen nuestros cuerpos, pero ¿por qué claridad? Y girando sobre mi mismo para observar, caí repentinamente de rodillas... ¡Dios!, cantó el alma en mis labios, al ver a mi frente, y como a unas doscientas varas de distancia, la boca de la cueva que se inundaba con esa tenue, dulce y poética claridad del amanecer. Decir lo que sentí y lo que en ese momento pensé, ¡oh, sería imposible! Salimos violentamente Manuel y yo. La salida de la cueva me parecía una entrada a la gloria. El cielo estaba de un color azul pálido, y las estrellas también comenzaban a palidecer. En un punto el horizonte se teñía de púrpura, e imitando en las montañas lejanas una erupción volcánica, arrojaba sobre los cielos un inmenso penacho de llamas, en que parecía haberse disuelto en polvo el oro virgen. Entonces aquel grito supremo en el que se exhalara el alma de Goethe, brotó de mi pecho con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Luz... más luz todavía, Dios mío! </p> <h4>Pedro Castera</h4> </div> <script> const foco = document.getElementById('foco'); document.addEventListener('mousemove', (e) => { foco.style.setProperty('--x', `${e.clientX}px`); foco.style.setProperty('--y', `${e.clientY}px`); }); </script><div id="info-box"> <p> Don Bernardo Couto, en su //Diálogo sobre la historia de la pintura en México//, dice: «En efecto, en un buen artículo biográfico que ha escrito (don José Fernando Ramírez) del padre fray Diego Valadés, nota que ni en los autores impresos que tenemos de aquella época, y son hartos en número, ni en la multitud de manuscritos de todas clases que en el espacio de largos años han pasado por sus manos, encontró jamás referencia ni alusión al artista sacado a luz por el señor Cortina que el hecho de haber acompañado a Cortés en su jornada a las Hibueras, sufre la gran objeción de que no aparece su nombre en la menuda lista que nos da Bernal Díaz del cortejo que llevaba el conquistador, y en la cual se hace mención hasta de farsantes, juglares y otras gentes de menos valía que un pintor de cámara; que es poco verosímil que hubiera retratado en Coatzacoalcos a doña Marina, porque sólo se detuvieron allí seis días, y para entonces había ella roto sus relaciones con Cortés, habiéndose casado durante el viaje, en un pueblezuelo cerca de Orizaba, con Juan de Xaramillo, uno de los capitanes de la expedición; que no pueden haberse pintado cuadros para iglesia fundada por franciscanos en Tehuantepec, por la sencilla razón de que aquellos padres no hicieron fundación en ese lugar entonces ni después, y que en el inventario de los objetos secuestrados a Boturini, el cual está en el proceso, no hay la partida referente a los retratos de don Antonio de Mendoza y Alvar Núñez de Guzmán, siendo además éste último desconocido en la historia de América. Concluye con que a su juicio la biografía de Cifuentes es una ficción». </p> </div> <style> body { margin: 0; /* Elimina márgenes por defecto */ font-family: sans-serif; /* Una fuente básica */ /* Opcional: un fondo para ver mejor el rectángulo semitransparente */ overflow: hidden; /* Evita barras de scroll mientras el elemento está fuera */ } #info-box { /* --- Estilo del Rectángulo --- */ /* 1. Color negro con opacidad del 65% */ background-color: rgba(0, 0, 0, 0.80); color: white; /* Texto blanco para contraste */ padding: 25px; /* Espacio interno */ border-radius: 8px; /* Bordes redondeados (opcional) */ max-width: 800px; /* Ancho máximo */ width: 80%; /* Ancho relativo para responsiveness */ box-sizing: border-box; /* Incluye padding en el ancho total */ /* --- Estilo del Texto --- */ /* 2. Texto justificado */ text-align: justify; line-height: 1.6; /* Mejora legibilidad */ font-size: 18px; /* Tamaño de fuente legible */ /* --- Posicionamiento y Animación --- */ /* 3. 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} tw-link:hover{ color: #D95D39; } </style><style> tw-story[tags~="arborecer"]{ background: #B95CF4; background: -webkit-linear-gradient(180deg,rgba(185, 92, 244, 1) 0%, rgba(222, 208, 84, 1) 100%); background: -moz-linear-gradient(180deg,rgba(185, 92, 244, 1) 0%, rgba(222, 208, 84, 1) 100%); background: linear-gradient(180deg,rgba(185, 92, 244, 1) 0%, rgba(222, 208, 84, 1) 100%); filter: progid:DXImageTransform.Microsoft.gradient( startColorstr="#B95CF4", endColorstr="#DED054", GradientType=0 ); </style> <style> #arborecer-trigger { font-size: 3em; font-weight: bold; color: #8b433c; cursor: pointer; user-select: none; margin: 20px; border: 0.5px solid transparent; transition: color 0.3s, border-color 0.1s; } #arborecer-trigger:hover { color: #c8b6ff; border-color: #c8b6ff; } #arborecer-trigger.disabled { color: #c8b6ff; cursor: default; border-color: transparent; } #image-container { width: 150%; /* Take up most of the width */ /* Use viewport height minus some space for the trigger/message */ height: calc(100vh - 150px); 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// Variable to keep track of how many images have been added let imagesAddedCount = 0; // Function to handle the click event function addImageAndPosition() { // Check if we still have images left to add if (imagesAddedCount < imageUrls.length) { // 1. Create a new image element const newImage = document.createElement('img'); // 2. Set its attributes and class newImage.src = imageUrls[imagesAddedCount]; newImage.alt = `Arborecer Image ${imagesAddedCount + 1}`; newImage.classList.add('arborecer-img'); // Add class for CSS styling // 3. Set its position using the predefined array const position = imagePositions[imagesAddedCount]; newImage.style.top = position.top; newImage.style.left = position.left; // 4. Append the new image to the container imageContainer.appendChild(newImage); // 6. Increment the counter for the next click imagesAddedCount++; // 7. Check if this was the last image if (imagesAddedCount === imageUrls.length) { messageArea.textContent = 'Mamá no ha muerto, de camino al jardín, sobre la loseta humedecida por el rocío, no dejo de encontrarme con los restos de hojas caídas, deshechas de tanto pisarlas, que el aire frío de la mañana levantó, ¿o es que habrá briznado durante la noche?, caí rendido y no supe lo que pasó, era tanto lo vivido, y tan ceremonioso, lúgubre, entre cantos, voces mofletudas de fondo, cuánta pena, y dolor, y el suelo mojado que empapa la tela de mi pantalón, las rodillas hincadas frente a los crisantemos, todo el rosa del mundo desparramándose por los costados y Los doctores dicen que se pondrá bien, pero será mejor que permanezca en cama unos días, unos ojos que hablan, Tú tienes la culpa, luego el doctor, un viejecillo encorvado, medio derrotado y cegatón, que no se contuvo, ¿Dónde está?, pero la tristeza no tiene voz, En su habitación, doctor, le respondieron, No, no, la moribunda no: mi maletín; no recuerdo dónde diablos lo dejé, cuánta resignación cabe en una casa y Las flores, son preciosas, ¿qué son?, y sus largos y huesudos dedos acariciaron los ciclámenes que con tanto afán mamá colocaba en macetitas, las que precisamente antier saqué para deshojar, que buena falta les hacía, aunque tía Carmen no parara de quejarse de las pisadas que retumbaban hasta el segundo piso, hasta su cuarto, Déjala descansar, hijo, ¿no ves que a la pobre apenas si le quedan fuerzas?, y yo queriéndole contar lo bien que crecen sus plantas, de lo abultado del follaje, de los pétalos que enfilan, ingrávidos, al cielo, mas las tres se apostaron en su cama, haciendo imposible hablar a solas con ella, El olor del pasto recién cortado es una respuesta química, una llamada de auxilio, y tal vez por eso papá decía esas cosas de las tres, aunque fueran sus hermanas, Mustias y santurronas, bola de zopilotas, unas verdaderas… Aprovechadas, eso son, y el jardín entero se intimida, ¿Has visto con qué desfachatez tía Eneida nos ha corrido?, ¿quién se cree esa bruja?, estarían en la calle si no fuera por nosotros, por eso me veo obligado a sacar la maleza a tirones, para no tener que ir por las tijeras, arrumbadas en el cuarto de herramientas, y correr el riesgo de encontrármelos de frente, Debemos ser muy cuidadosos, Ivana, dice mi hermano, conciliador, ¿Cuidadosos?, deberíamos echarlas de aquí, se sienten dueñas de la casa, falta poco para que también nos mangoneen como a Delia, saquémoslas ya, Erik, esta casa es nuestra, el pasto amortigua su presencia, que se torna violenta cuando un jalón en el cuello del saco logra desequilibrarme… es Ivana que aúlla, pegada a mi oreja, Pero ¿qué demonios haces metido en la tierra, pequeño idiota?, por lo menos te hubieras cambiado, ¡mira cómo tienes la ropa!, ¡y tus zapatos, por Dios!, acecha desde lo alto, y es en estos momentos en que no la soporto, y por eso disfruto arrojarle el saco, la camisa, los zapatos y los calcetines, que esquiva con disgusto y luego enojo cuando hago el intento de quitarme también el pantalón, Por Dios, nadie quiere ver eso, ¡sólo arremángatelo y ya!, y con qué suavidad el sustrato hurga en mis uñas, abrazados mis pies por minerales, Ni se te ocurra meterte así a la casa, advierte Ivana, Erik aparta la mirada, A mamá no le importaría, pero ¿papá?, bueno, será mejor que no se entere, y su recuerdo atrae el fulgor de aquellos ojos, relámpagos en proporción, y la rabia impresa en ellos, imposible de borrar, Los girasoles son heliotrópicos: sus flores persiguen el movimiento del sol a lo largo del día, entonces comienzo a trasplantar los claveles que mis tías mandaron traer para que lo primero que mamá viera al despertar fuera ese amarillo pútrido que hiere los ojos a plena luz del día, y se alegrara, ¿Qué no lo ven?, están tramando algo, ayer tía Lucrecia me cerró la puerta en las narices cuando la atrapé consultando las libretas de papá, y hoy tía Eneida colgó el teléfono tan pronto me oyó entrar a la sala, estoy segura de que han contratado a un abogado para quitarnos la casa, pero ¿que no se irían pronto?, luego de asegurarse de que estaríamos bien, que la ausencia no nos devoraría, como a mamá, e Ivana debería saberlo, y se lo recuerdo, pero ella responde con simpleza, malhumorada, ¡Ay!, ni siquiera sé por qué me esfuerzo contigo, y sin embargo ambos caminan tras de mí, en esta procesión diaria a la que me someto sin encontrar consuelo, ¿Algún día abandonarás tu paraíso?, y al centro se yerguen, purísimas, sendas copas de alcatraces, verdadera devoción de mi madre, acunadas por sus delicadas manos, y las de Delia, tan solícita, que preparaba ramilletes con las más preciosas y mejor conservadas, recién cortadas, para que yo pudiera llevárselas, Mamá no ha muerto, aunque ahora a nadie parezca preocuparle, ¿Cuándo vas a dejar eso en paz?, ¿no ves que esto es más importante?, Ivana rabia de tristeza, lo sé, del dolor que saco a flote cuando insisto Alguien tiene que cuidarlas, añadiendo, Por mamá, que gustaba descansar en los días soleados, sentada en su silla de mimbre con una copa de vino, admirando con igual deleite los crisantemos, los claveles a su derecha y del lado izquierdo un chal purpúreo que se desparrama con gusto, Oye, Erik, azuza Ivana, ¿qué no había alguien encargado de atender el jardín?, la tierra oculta el temblor de mis manos y las raíces perfilan su nombre, Ó s c a r, enlodado desde la madrugada, el jardín vuelto vida, y su voz aventurándose en la espesura, mi pasión transformada en frases ingeniosas, ecos de un vago conocimiento vegetal, y que llenaban el aire con sabiduría, y nos divertían, Mamá no ha muerto, y que a veces me hacía pensar que mamá lo quería como a uno de sus hijos, y a veces creo que lo quería más que como a un hijo, Ivana, basta, intercede Erik, por remordimiento o por temor, no lo sé, porque últimamente se me escapa la realidad, con lo fácil que es, y una bruma amenaza con empañarlo todo, pensamientos agitados por la brisa, que crecen y se confunden entre las violetas, resisten la desolación, y las arranco, más que irritado, porque si Óscar siguiera aquí, si mi padre no hubiera avanzado de noche al cuarto de herramientas, si mi padre, bestia de caza, no hubiese irrumpido y descubierto a su hijo ofrendado al jardinero, si esa fría visión no le hubiera causado la falla cardiaca que lo conduciría al quirófano, y posteriormente a la muerte, si yo no hubiera notado, apagado el grito de animal herido, el rostro pétreo de mi padre y la mirada confundida de Erik, parado tras de él, podría contarle que A la Puya raimondii o Reina de los Andes le toma aproximadamente cien años producir su primera y única flor; tras esparcir sus semillas, muere, pero Óscar se fue, e hice que Delia quisiera acompañarlo en su exilio, que madre e hijo soportaran la vergüenza que él y yo no podíamos compartir, aunque después mamá, tajante, se lo impidiera, No debemos cargar con los errores de nuestros hijos, y Delia, cabizbaja, asentía, agradecida de prolongar su presencia en esta casa, que no ha dejado de girar hacia el abismo desde el día en que oímos a nuestro padre anunciarle a mamá María Inés, te he engañado; María Inés, he dejado de amarte; María Inés, creo que es mejor que nos separemos, y el suelo desmoronándoseme, frágil e infértil, y Erik e Ivana conversando, planeando, fraguando la estocada que deje a tía Eneida, a tía Lucrecia y a tía Carmen fuera de jugada, y lejos de nuestras vidas, Mamá no ha muerto, pero el tiempo pasa y por más que riego las rosas no consigo borrar lo intangible, hartas de abanicar el cielo y saturar el arriate con sus colores, y yo solo no puedo nutrir esta tierra, a la que no le bastan mis manos, y la gente acercándose y ofreciendo un fingido pésame, pero primero el temor, Pronto nos descubrirán, pues en mí estaba sembrada la semilla de la felicidad, y por eso pasé por alto las señales, y sobrevinieron los mareos y el vómito, que nadie supo explicar, y papá se mantenía de pie en la entrada del cuarto de herramientas, Los doctores dicen que estará bien, pero tiene que permanecer en cama unos días, Delia pidiéndome, hecha un mar de llanto, Vístete, y en la cama un traje negro, que hoy será su funeral, el día brillante, soleado, sin pronóstico de lluvias, Existe un fenómeno conocido como timidez arbórea: árboles altos y frondosos cuyas copas no se tocan entre sí, creando brechas, espacios laberínticos de luz, importantes para la supervivencia de su hábitat, es mamá, ¿cierto?, Mamá no ha muerto, pero no fue mi nombre el que gritó, toda una amalgama de llanto y desolación, Tú, idiota, ya deja de llorar: después de todo fue tu culpa, ojos de halcón, tigre herido, ¿fue alegría lo que se asomó, muy por debajo del asco y la vergüenza?, después nada, el infarto lo sepultó, Mamá no ha muerto, ¿por qué papá cambió la mullida cama del hospital por la lisa superficie del féretro?, Mamá no ha muerto, ¿y si ya no despierta?, Estará bien en unos días, todo lo que necesita es la cercanía de su familia para superar la pérdida, ¿podrás perdonarme?, Delia, cuando lo veas, díselo, por favor, nomeolvides y mehacesfalta y Nopares, cuando el mundo comenzaba para mí, luego los primeros temblores, ¿Por qué últimamente pasas mucho tiempo en el jardín?, Óscar quitándose la playera, empapada de sudor, junto a los jacintos recién plantados, su vientre plano en el que busqué alimento, mamá con una taza de té en lugar de vino, Tómatelo, verás que con esto se acaba tu pesar, y yo queriéndole pedir Vuelve a mí, y el mundo llegando a su fin, Su madre siempre fue hierba mala, no me sorprende que ustedes salieran iguales a ella, por eso pasó lo que pasó, e Ivana y Erik espiándome desde la ventana, se fueron tan pronto las primeras gotas empezaron a caer, y el sol brilla en lo alto, Mamá no ha muerto.'; triggerWord.classList.add('disabled'); // Visually disable trigger // Optional: Remove event listener completely // triggerWord.removeEventListener('click', addImageAndPosition); } } // No 'else' needed here, as the if condition prevents action after 7 clicks // Or, we could explicitly handle the state after 7 clicks if the listener wasn't removed // else if (!triggerWord.classList.contains('disabled')) { // messageArea.textContent = 'All 7 images have already been added!'; // triggerWord.classList.add('disabled'); // } } // Add the event listener to the word "arborecer" triggerWord.addEventListener('click', addImageAndPosition); </script> <style> @import url('https://fonts.googleapis.com/css2?family=Tangerine') </style><video autoplay loop width="1000" height="auto"> <source src="efervescente.mp4" type="video/mp4"> </video> <style> tw-story[tags~="efervescente3"]{ background: #184E77; background: radial-gradient(circle,rgba(24, 78, 119, 1) 1%, rgba(30, 96, 145, 1) 20%, rgba(22, 138, 173, 1) 40%, rgba(82, 182, 154, 1) 60%, rgba(153, 217, 140, 1) 80%, rgba(217, 237, 146, 1) 100%); } position-object: 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Los sonidos que se escuchan de fondo en algunas entradas son los siguientes: * "<a href="https://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1100471&Search=Search">Classic Horror Tone</a>", en [[Conticinio->conticinio]], pertenece a Kevin MacLeod. * Tanto las voces de fondo ("Crowd talking" de weldert) como el sonido de las burbujas ("Hydrophone fizzy drink bubbles effervescent" de freesound_ community) en [[Efervescente->efervescente]], provienen de <a href="https://pixabay.com/">Pixabay</a>. * Agradezco al poeta Israel Nicasio por apoyarme con la frase que, en el audio completo, dice "Desde hace tiempo he querido decirte que... siempre he estado enamorado de ti". Omití la segunda parte a propósito. Un agradecimiento a Luz América Viveros por darme a conocer el curioso texto [[Rodrigo de Cifuentes->rodrigodecifuentes]] de El Conde de la Cortina. Pensé en él de inmediato para este trabajo. La plantilla de registro criminal que aparece en la primera página lo adapté del archivo <a href="https://www.deviantart.com/itsporcelain/art/Criminal-Record-Template-PSD-by-Porcelain-598246285">Criminal Record | Template | PSD by Porcelain</a>, mientras que el fondo de la segunda página, en el que aparece el relato de Cifuentes, lo encontré en <a href="https://www.freepik.com/free-psd/realistic-rolled-parchment-paper-isolated_371008697.htm#fromView=keyword&page=1&position=5&uuid=d1132035-c89d-4907-8b3b-3a75525b5c81&query=Old+Paper">Freepik</a>. Gracias a Dulce María Adame González por compartirme la transcripción de [[En plena sombra->luz]] de Pedro Castera. Especial mención a Arahí por ayudarme con el código de la lámpara para esa entrada del diccionario. El efecto sonoro que se escucha de fondo en [[Luz->luz]] se llama "cave wind 20" y pertenece a freesound_ community (disponible en <a href="https://pixabay.com/">Pixabay</a>), mientras que para [[Sombra->sombra]] ocupé la pieza "Anxiety" de Kevin MacLeod (disponible en <a href="https://incompetech.com/music/royalty-free/music.html">incompetech Music Search</a>). El fondo de [[Pero no pudiese->quisiese]] proviene de <a href="https://unsplash.com/es/fotos/ilustracion-en-color-rosa-y-azul-ix_kUDzCczo?utm_content=creditCopyText&utm_medium=referral&utm_source=unsplash">Unsplash</a>. El código de [[Miríada->miriada]] es una adaptación del código <a href= https://taper.badquar.to/11/we_rise.html>"We rise"</a> by Chris Joseph. La tarjetas de [[Retruécano->retruecano]] las tomé de <a href=https://uiverse.io/Gaurav-WebDev/happy-monkey-54>Uiverse</a> y obtuve los ejemplos del artículo "El 'retruécano léxico' y sus limites" de Mario García-Page; por orden de aparición, los autores son los siguientes: el primero pertenece a Vicente Huidobro, extraído del Canto V de //Altazor//; el segundo lo saqué de internet, por lo que ignoro su procedencia; el tercero, de Francisco de Quevedo, forma parte de su "Epístola satírica y censoria..."; el último, de Juan de Salinas y Castro, pertenece a su poema XXIV ("¿Es posible que no temas / matar a un alma cristiana?"). El cuento homónimo que aparece en [[Timidez arbórea->timidezarborea]] una vez que se han desplegado las 7 imágenes es de mi autoría. El código que hace arborecer lo generé a través de la Inteligencia Artificial. ] <style> @import url('https://fonts.googleapis.com/css2?family=Quicksand'); tw-story[tags~="creditos"]{ font-size: 1.5rem; font-weight: 250; line-height: 1.5; } </style><h4>[[Conticinio->conticinio]]</h4> <h4>[[Luz->luz]]</h4> <h4>[[Miríada->miriada]] </h4> <h4>[[Rodrigo de Cifuentes->rodrigodecifuentes]] </h4> <h4>[[Flordelisado->flordelisado]] </h4> <h4>[[Nadqueveriento->nadaqueveriento]]</h4> <h4>[[Efervescente->efervescente]] </h4> <h4>[[Quisiese->quisiese]] </h4> <h4>[[Retruécano->retruecano]]<h4> <h4>[[Música->musica]] </h4> <h4>[[Créditos->creditos]]</h4> <h4>[[Sombra->sombra]]</h4> <h4>[[Antidiccionario->diccionario]] </h4> <h4>[[Timidez arbórea->timidezarborea]] </h4> <h4><a href="profile.html">Eduardo Barenas</a><h4> <style> tw-story[tags~="palabras"]{ a:link{ color: #6d5010; text-decoration: none; } a:hover { color: #79a367; } tw-link{ color: #6d5010; } tw-link:hover{ color: #79a367; } } </style>(font:"Milonga")+(align:"<==>")+(box:"===XXXXXXXXXXXXXX===")[//Nadaqueveriento// es un neologismo creado por la //influencer// Karina Torres. Se trata de un adjetivo de uso mayormente coloquial, cuyo significado más próximo sería "irrelevante". La experiencia [[Nadaqueveriento->diccionario]] nació a partir de mi asistencia al curso de ''Literatura electrónica'', impartido por el Dr. Rodolfo Mata, el Mtro. Vinicius Marquet y el Dr. Diego Bonilla. Con el //Diccionario incompleto, subjetivo y rebuscado de generalidades, ripios y otras cuantas referencias imprecisas o poco útiles//, busqué jugar con el concepto tradicional de diccionario (ordenado alfabéticamente, hecho con la misma materia que intenta explicar) y revitalizarlo con recursos digitales varios. El resultado fue una mezcla de imágenes, audios, animaciones, narraciones y efectos llenos de color. Debido a la vasta extensión lingüística, el proyecto seguirá nutriéndose de nuevas entradas. ] <img src="diccionario.png" alt="Nadaqueveriento" width="450" height="auto"> <style> tw-story[tags~="nadaqueveriento"]{ background: #002400; color: white; } img { display: block; margin: auto; } </style> <style> @import url('https://fonts.googleapis.com/css2?family=Milonga'); </style><div class="cards"> <div class="card red"> <p class="tip">Molino de aspavientos y del viento en aspas</p> </div> <div class="card blue"> <p class="tip">La sopa hirviendo, ir viendo la sopa</p> </div> <div class="card green"> <p class="tip">¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?</p> </div> <div class="card orange"> <p class="tip">Fuertes son tus temas, Ana, para mí son anatemas</p> </div> </div> </div> <style> body{ background-color: black; } .cards { display: flex; flex-direction: column; gap: 15px; } .cards .red { background-color: #f43f5e; } .cards .blue { background-color: #3b82f6; } .cards .green { background-color: #22c55e; } .cards .orange { background-color: #a18262; } .cards .card { display: flex; margin-left: auto; margin-right: auto; align-items: center; justify-content: center; flex-direction: column; text-align: center; height: 150px; width: 500px; border-radius: 10px; color: white; cursor: pointer; transition: 400ms; } .cards .card p.tip { font-size: 0.8em; font-weight: 600; } .cards .card:hover { transform: scale(1.1, 1.1); } .blurred { filter: blur(10px); transform: scale(0.9, 0.9); } </style> <script> const cards = document.querySelectorAll('.card'); let selectedCard = null; // Aplicar blur a todas las tarjetas al cargar la página cards.forEach(card => card.classList.add('blurred')); cards.forEach(card => { card.addEventListener('click', () => { if (selectedCard) { selectedCard.classList.remove('selected'); } card.classList.add('selected'); selectedCard = card; updateBlur(); }); }); function updateBlur() { cards.forEach(card => { if (card !== selectedCard) { card.classList.add('blurred'); } else { card.classList.remove('blurred'); } }); } </script><audio loop autoplay src="anxiety.mp3" type="audio/mp3"> </audio> <style> tw-story{ background: #edf0c5 } body { margin: 0; padding: 0; color: white; background-color: black; font-family: 'Georgia', serif; font-size: 20px; line-height: 1.6; height: 100vh; overflow-x: hidden; text-align: justify; } .foco { position: fixed; top: 0; left: 0; pointer-events: none; width: 100%; height: 100%; z-index: 10; background: radial-gradient( circle 200px at var(--x, 50%) var(--y, 50%), rgba(237,240,197,50) 15%, rgba(0, 0, 0, 0.95) 100% ); mix-blend-mode: multiply; } .contenido { position: relative; padding: 50px; max-width: 800px; margin: 0 auto; z-index: 1; color: black; } .content { position: relative; z-index: 10; } #light { width: 400px; height: 400px; border-radius: 50%; position: absolute; transform: translate(var(--light-position-x, 0px), var(--light-position-y, 0px)); background-color: rgb(231, 221, 122); } } </style> <body> <div class="foco" id="foco"></div> <div class="contenido"> <h2>En plena sombra</h2> <p> Regresaba yo del Real del Espíritu Santo para la capital, cuando una fiebre amarilla, según la clasificaban los naturales de Cutzio, me detuvo en el pueblecillo de este nombre, situado a una legua de San Juan Huetamo, en el estado de Michoacán. En mi convalecencia conversaba algunas veces con el dueño de la casa en que me habían curado y que, por mi buena fortuna, era un rumbeador de minas, o lo que es lo mismo, un antiguo barretero aficionado a buscarlas. —¿Qué tales minas conoce usted por aquí Manuel? –le preguntaba. —¡Válgame Dios, amo, todavía esta pinto jiebre y ya quiere minas! —¡Hombre, para cuando sane! —Tengo dos o tres tuzeritos y una que creo ha de ser güena. —Eso quiere decir que usted no la ha visto. ¿Tiene agua? —No, siñor. No le hace agua, no más la que le entra por el arroyo. —¿Qué arroyo, hombre? —Pos, siñor, el río que pasa por la puerta y que se mete como a su casa. Dicen que es mina vieja y rica; por más señas, del año de diez. —¡Cáspita! ¿Pero qué se va a hacer con un río? — Eso si no sé, siñor amo. —¿Y qué otros agujeros conoce usted? —Pos un joyo grande y jondo la Cueva del Cristo. —¿La qué? —La Cueva del Cristo. —¿Qué cosa es eso, hombre? —Pos siñor, una cueva. —¿Grande? —Jondísima, amo. —Hemos de ir a verla. —Güeno, cúrese y yo lo llevo. Quince días más tarde, y por consecuencia del diálogo anterior, encontrábame con Manuel frente a la entrada de la cueva, formada por un arco de rocas negruzcas; marco en el cual se engastaba un agujero negro y lleno de tinieblas. —¿Trae usted velas? –le interrogué. —Un puño –me contestó. Penetramos en la oscuridad hasta donde fue posible, y después, encendiendo dos velas, una para él y otra para mí, continuamos en medio de sombras profundas y de nubes de murciélagos que, azorados, revoloteaban con ruido siniestro a nuestro alrededor. —Mal agüero –murmuró Manuel haciendo la señal de la cruz. —¿Por qué, hombre? —Porque los murciélagos son jijos del malo. —¿De quién? —¿Pos de quién ha de ser?, del Diablo. Continuamos avanzando entre las sombras que parecían moverse heridas por nuestras dos luces. El piso estaba formado por una tierra floja, suave, untuosa y color de café. Por su sabor picante, fresco y acre, comprendí que era tierra nitrosa. —No la pruebe, amo –dijo mi compañero–, esa tierra tiene pólvora. Sonreí de su candor y me detuve a examinar el lugar donde nos encontrábamos. Era una inmensa oquedad en sentido longitudinal y como de unas doce varas de latitud; su techo lo formaba una bóveda casi plana y bastante baja, de color blanco mate, que marcaba la formación caliza del cerro. A medida que penetrábamos, las tres dimensiones se ensanchaban de un modo asombroso, y una hora después no se veía ni el techo ni las paredes de la cueva. Por segunda vez nos detuvimos en un verdadero océano de sombras. —¿Qué hace? –interrogué a Manuel, viéndole desenredar una cuerda y sacar una pequeña piedra de su bolsa. —Saco la jonda para que rigule el tamaño de la cueva. Y haciendo girar su brazo derecho con rapidez, armado con la honda, despidió, casi en sentido vertical la pequeña piedra, que partió silbando. Fijé el oído con atención y no escuché que la piedra chocase contra el techo. Instantes después caía cerca de nosotros. La altura era profunda. Entretanto, mi compañero había colocado en la honda una nueva piedra, despidiéndola en sentido lateral contra el horizonte de sombras que nos rodeaba. También se apagó el silbido de la piedra sin producir ruido ni choque alguno. Esto indicaba que las dimensiones crecían con igual proporción. Alguna inquietud debió revelar mi mirada, porque agregó: —No tenga cuidado, amo, para salir tenemos nuestras juellas. Y era así en verdad. Nuestros pasos estaban marcados en la tierra suelta y nitrosa, como un surco hecho en arena. —Deme otra vela –dije y encendiéndola, porque la primera se había acabado, continuamos. La atmósfera de la cueva estaba húmeda y fría, llena de sombras y de silencio. De vez en cuando una gota de agua, desprendiéndose del techo, producía un ruido metálico que vibraba en la profundidad de la caverna. Llevábamos dos horas y media de marcha y comenzaba a fatigarme. ¿Qué causa me obligaba a proseguir? Ciertas tradiciones sobre aquella cueva, que hablaban de un tesoro oculto en ella durante la guerra de Independencia, sobre lo cual creía tener ciertos datos que consideraba exactos. Hace años que busco un tesoro o una bonanza, pero con una ambición noble y santa. De aquí nacía aquella tenacidad empleada tan sólo en nadar, por decirlo así, entre las sombras. La Caverna Negra, como la llamaría yo, no tenía estalactitas, ni estalagmitas, ni nada que se le pareciese. Era una abra de dimensiones colosales, húmeda, fría y nada más. Pero como todas las obras que la Naturaleza nos presenta de una manera grandiosa, se imponía a mi espíritu de un modo solemne. Aquello tenía algo como la entrada a la Eternidad. Su silencio era profundo. Su enormidad era elocuente. Abismo negro atraía con fascinación, produciendo lo que podría llamarse el vértigo de la sombra. Se sentía uno como abrumado y se tocaba los ojos, para convencerse de que no estaba ciego. Tenebrosa, llena de misterios y con una belleza imponente, aquella cueva oprimía el espíritu por una sola cosa: la sombra. Concisión formidable. Saqué un reloj viejo de cobre, que marcaba las cinco de la tarde; llevábamos tres horas de marcha, y se habían gastado seis velas, o tres por cada uno de nosotros. —Deme usted otra vela –dije a Manuel, porque se acaba la mía. Este me la entregó, dictándome, al tiempo que se estiraba una oreja, lo que denunciaba en él una fuerte preocupación: —Es la última, siñor amo. Un sudor frió brotó de las raíces de mis cabellos. Salir, recorriendo el camino en que se habían gastado tres velas, con una sola, era más que difícil, ¡era casi imposible. —¡Usted me dijo que traía un puño! —Un puño son siete, siñor amo. —¡Cuán estúpido soy! –murmuré por lo bajo; ¿quién pensaba en el significado de la palabra minera? Y después, en voz alta, y uniendo a la palabra la acción: —¡Atrás! ¡Atrás!, pero aprisa o nos quedamos sepultados vivos. Y comencé a desandar el camino hecho, con rapidez. Manuel me seguía, diciendo: “— En eso estaba yo pensando, y mi pícara oreja lo ha pagado”. Yo no escuchaba. Con la cabeza inclinada, y cubriendo con la mano la llama de la vela, para que el aire no la gastase tan violentamente, caminaba con rapidez, siguiendo las huellas marcadas en la tierra por nuestros pasos. No discurría, no pensaba absolutamente nada; era la opresión de una idea, por decirlo así, instintiva, la que me hacía caminar. ¡Salir, salir! era todo aquella palabra. Salir era equivalente a la vida. Manuel marchaba detrás de mí, fijándose con aire estúpido en no sé qué señales de proximidad a la puerta, que yo no observaba, por no detenerme un solo instante. Marchábamos rápidamente; pero con igual celeridad se consumía la vela. La cueva me parecía eterna y negra y horrible. Había no se qué de siniestro en aquella sombra que nos rodeaba, y que de espectadora se había convertido en amenazante. La oscuridad era el peligro. Titán impalpable pero espantoso. Se sentía uno como agarrar por una mano invisible, por lo negro. La vela entre tanto se consumía... No sé qué tiempo marchamos así. —Debe de estar cerca la puerta –dijo Manuel. —¿Por qué, bestia? —Porque ya empiezan los murciégalos. En efecto, los asquerosos vespertilios pululaban, pero la vela se había consumido y su pábilo agonizante se despedía quemándome los dedos. Repentinamente se apagó. Saqué los cerillos. Prendía uno y avanzábamos. Prendía otro y proseguíamos. Conforme se consumían, la esperanza de salir se desvanecía, y era preciso que se acabasen, y con ellos el último recurso de salvación. Cuando concluyeron, me detuve. Estaba bañado en sudor, y lo digo con orgullo, no era de miedo sino de fatiga. —Sentémonos para descansar y pensemos en los medios que puede haber para salir –dije en voz alta. Lo hicimos así, en medio de las más profundas tinieblas; pero realmente profundas, intensas, inconcebibles para todo aquel que no se ha encontrado en una labor de mina profunda y sin luz. Soy franco, aun cuando parezca fatuidad el decirlo: no he temblado nunca en mi vida, no he tenido miedo jamás, no puedo comprender todavía lo que significa el terror. Pero en aquella noche de tinieblas, oyendo el ruido acompasado y monótono de las gotas de agua, el aleteo siniestro de los murciélagos y hasta los latidos de mi corazón... sentía algo extraño, que me disgustaba, y que, repito, no era terror. Era la mano de la muerte que me acariciaba, el presentimiento de la agonía, el principio o la aproximación de ambas... pero lo repetiré siempre... ¡no! ¡No era terror! Durante algún tiempo guardamos lúgubre silencio. Por fin interrogué a Manuel: —¿Habrá algún modo de salir? —Vamos a ver, amo. En esa ocasión la palabra ver me pareció el mejor y más bello poema de la humanidad: ¡tres letras, pero qué elocuentes! Volvió a reinar el silencio. Yo pensaba, pero no sé qué pensaba. Algo tan negro como las tinieblas que me rodeaban. Más de una hora trascurrió así. —Morir –murmuraba–, de hambre, de sed, y de estar bebiendo tinieblas. ¡Esto no es doloroso... esto es estúpido! Entonces percibí ese ligero ruido que producen los dientes al chocarse los unos contra los otros, y que se llama castañetear, vulgarmente. —¿Qué diablos tienes, Manuel? —Pos, siñor, tengo frío hasta en los huesos. —¡Calla, cobarde! ¡Lo que tienes es miedo! —Pos siñor, eso de morirse de hambre... ansina no me gusta. —¿Pues cuál muerte te agrada, bárbaro? –le dije, tuteándole de pura cólera. —¿Trae su mercé el chisme? Esa palabra chisme fue un rayo de luz para mí. Saqué la pistola, que a esto equivale, y la acaricié con verdadera ternura. —Hágame su mercé la gracia de tirar por su frente, a ver si está lejos la pared. Era una buena idea. Calcular la distancia por el choque de la bala. Amartillé y a la altura mía, hice fuego. Sea que la puntería fuese muy baja, y la bala se hundiese en la tierra, sin producir ruido, o bien que la detonación no lo dejase percibir, lo cierto es que nada oímos. Pero lo que me causó una tristeza infinita fue que apenas percibí el relámpago producido por el tiro. —¡Ciego! –murmuré en voz baja–; ¡ciego, ciego, Dios mío! Esto no era estúpido... esto sí era doloroso. No sé, ni recordaba quién me había contado, que una tiniebla tan densa como aquella podía producir la ceguera. ¡Morir... proseguía yo en mi monólogo; morir, cuando me siento hombre, joven y fuerte, lleno de actividades, de vigores, de sueños, y con una muerte oscura, ignorada y estúpida! ¿Para qué transcribir todo lo que pensé? Hay alguien a quien nada se oculta, que lo ha visto, que lo sabe y que lo ha grabado de un modo indeleble entre las nubes de mis recuerdos. Hacía una hora, poco más o menos, que Manuel había tratado de salir, siguiendo por medio del tacto nuestras huellas; pero a corta distancia se extravió, viéndose nuevamente obligado a permanecer inmóvil. Yo me ocupaba de hablar con mi conciencia. El hambre y la sed, despertadas por la fatiga, comenzaban a hacerse sentir. Las horas se deslizaban, pero de una manera lenta y terrible. Las tinieblas no podían ser más densas. El silencio era profundo, cortado algunas veces por el chillido desagradable de algún murciélago, que con sus alas huesosas me acariciaba la frente al pasar. No era el principio sino la plenitud del sepulcro. La inmensa tumba, como diría Víctor Hugo, pero en la inmensa sombra. Las gotas de agua continuaban cayendo con fúnebre monotonía. Entrar en la Eternidad; pero vivo, con toda la libertad de movimientos, a plena conciencia, de un modo solemne, tranquilo, sereno, paso a paso, pero con la frente altiva... tiene no sé qué de grandioso que me hace aún estremecer de orgullo. Hallábame en la tumba, es verdad, pero ésta era grande, dilatada, enorme. Siniestra concesión de aquel abismo, que me había elegido para su víctima. Toda una caverna por sepulcro, ya era algo. ¡Sepultura de gigante, vasta, amplia, cómoda, y tal vez por esto, entre aquella sombra traidora que había logrado asirme, y toda la miserable tiniebla, que trataba de matarme, yo me sentía Titán! Cuando se espera, aun cuando sea la muerte, el tiempo tiene una lentitud horrible. De pronto Manuel comenzó a llorar. Yo acaricié el cañón de mi pistola. Nada más doloroso que el llanto de un hombre, que como aquel, era enérgico y viril. Le sobraba razón: tenía esposa e hijos y, sin embargo, yo tenía una madre que es y será el culto de mi vida, ¡y no lloraba! Yo había perdido la noción del tiempo. Mi conciencia estaba ya tranquila y sólo escuchaba el ruido de las gotas de agua, que, como el péndulo de la eternidad, aproximaban cada vez más mi hora de partir. En medio de los sollozos de aquel hombre le oí murmurar con temblorosa voz: —Siñor amo... tengo sed... hambre, frío... y sobre todo... miedo del Malo. —¡Cobarde –le grité–, lo que tienes es miedo de morir! —¡Del Malo, siñor, del Malo! Y aquel infeliz, por el terror que le inspiraban las tinieblas, no se atrevía a pronunciar el nombre del Diablo. Francamente, era demasiado, y el destino se encarnizaba ya como un tigre. Yo hubiera podido morir tranquilo, pero solo y sin escuchar aquellos lamentos desgarradores. Por un movimiento que hice, febril e involuntario, mi pistola me besó las sienes, pero la retiré... Su ósculo frío me dijo esta sola palabra... ¿Y Dios? —¡Es verdad! –murmuré. Le había olvidado; pero él no se olvida de mí. En mi espíritu él está y me oye, y me mira y me cuida. ¡Omnipotencia, Misericordia... Padre...guíame!... —¡Yergue tu frente en las tinieblas –me gritó la conciencia–, no abandones a tu hermano, el hombre es el sacerdote del hombre! Me puse en pie, y guiado por el ruido de los sollozos, llegué en algunos minutos junto a Manuel, hablándole en voz alta, para que no se asustase más de lo que ya lo estaba el infeliz. Apenas estuve a su lado, cuando se estrechó contra mí, tembloroso. Sus manos estaban heladas y sus dientes castañeteaban con terror. —¡Vamos!, ¿por qué ese miedo?, ¿qué tienes? —¡Mire, amo, mire! Yo abrí los ojos desmesuradamente; pero por más esfuerzos que hacía, no pude ver. —¿Qué he de mirar, hombre? —Esa sombra, siñor... aquí en nuestros pies... antes era una, y ahora ya son dos... ¡Mire! Fijé nuevamente los ojos en la dirección indicada, y en efecto, percibí, con mucha vaguedad, dos sombras que mal se delineaban a nuestros pies. —¿Qué diablos será esto? –dije en voz alta y fijando más la atención. —¡No los miente, amo!... ¡no los miente! —¡Cállate, animal! ¡Observaremos lo que pueda ser! Al arrodillarme en el suelo, para examinarlas más próximamente, una de las dos sombras disminuyó. Después observé que todos nuestros movimientos eran por ellas fielmente reproducidos. Es evidente –me dije–, que estas sombras las producen nuestros cuerpos, pero ¿por qué claridad? Y girando sobre mi mismo para observar, caí repentinamente de rodillas... ¡Dios!, cantó el alma en mis labios, al ver a mi frente, y como a unas doscientas varas de distancia, la boca de la cueva que se inundaba con esa tenue, dulce y poética claridad del amanecer. Decir lo que sentí y lo que en ese momento pensé, ¡oh, sería imposible! Salimos violentamente Manuel y yo. La salida de la cueva me parecía una entrada a la gloria. El cielo estaba de un color azul pálido, y las estrellas también comenzaban a palidecer. En un punto el horizonte se teñía de púrpura, e imitando en las montañas lejanas una erupción volcánica, arrojaba sobre los cielos un inmenso penacho de llamas, en que parecía haberse disuelto en polvo el oro virgen. Entonces aquel grito supremo en el que se exhalara el alma de Goethe, brotó de mi pecho con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Luz... más luz todavía, Dios mío! </p> <h4>Pedro Castera</h4> </div> <script> const foco = document.getElementById('foco'); document.addEventListener('mousemove', (e) => { foco.style.setProperty('--x', `${e.clientX}px`); foco.style.setProperty('--y', `${e.clientY}px`); }); </script>