Cae cálida y luminosa la noche invernal en Roma:
Ven, muchacho, paseemos; cogidos del brazo,
apoya tu morena mejilla
en la rubia cabeza de tu confidente.
Eres de origen modesto sin duda, mas tus palabras
¡cómo me alcanzan entre esa caterva de aduladores!
Suaves, melodiosas fórmulas mágicas
musita tu romana boca.
No me agradezcas nada, no.
¿Es que podría yo mirar sin sentimiento
pender en las pestañas de tus ojos lágrimas de dolor?
¡Ay, y qué ojos los tuyos!
Te hubiera visto Baco y te habría escogido
para el puesto de Ampelos,
sobre ti tan sólo habría descargado dulcemente
el equilibrio perdido de su cuerpo ambrosíaco.
¡Bendito sea por siempre el lugar donde por primera vez,
amigo, te encontré; bendito el monte Janículo;
bendito el tranquilo, hermoso claustro
y la plaza siempre verde!
Sí, desde allí me mostraste la gran ciudad,
me señalaste iglesias y palacios, las ruinas de San Pablo,
las ligeras barcas de vela
a las que la corriente va arrastrando.