Como la mayoría de las corrientes esotéricas, es mejor hablar de alquimias en plural y no de una sola Alquimia con mayúscula, pues los avances en las investigaciones esoterológicas han resaltado las diferencias entre lo que entendemos por este término hoy y lo que se practicaba en la Antigüedad griega, en el mundo árabe, en la Europa medieval o durante la modernidad temprana, su época dorada; así como el complejo proceso de división paulatina entre alquimia y química (o "chemica") a partir del siglo XVIII. Sin embargo, la idea de una tradición ininterrumpida es defendida, con matices y formas diversas, por la mayoría de los que se declaran practicantes, y es justamente esta atribución la que Wouter Hanegraaff1 (2012) trabaja en términos de una "narrativa de sabiduría antigua" como parte fundamental de las creencias esotéricas.
Salvando, pues, distinciones y precisiones necesarias, alquimia es el nombre de origen árabe (al-kimiya, de etimología incierta) con el que se conoce en Occidente a una mezcla de teorías sobre el funcionamiento de la materia con un trasfondo holístico y religioso del mundo que pone el acento en la idea de transmutación. Existe, por lo tanto, una base filosófica cosmológica de tendencia neoplatónica que asume que el mundo es resultado de la "caída" al mundo corporal y el objetivo de las prácticas alquímicas es justamente cambiar las condiciones limitantes humanas y regresar al origen "divino" o "perfecto" de donde provenimos.
Esta consideración de la materia puede ser usada para fines prácticos y medicinales, así como místicos y filosóficos, y en ocasiones todos estos aspectos a la vez. En el primer caso, los alquimistas buscan producir metales nobles, en especial el oro (cuya práctica fue llamada chrysopoeia), piedras preciosas, la panacea y la piedra filosofal (estos dos últimos elementos se consideraban potenciadores o aceleradores de la transmutación; y a menudo la piedra filosofal también se entendía como el resultado final de todo el proceso). En el aspecto espiritual de las alquimias se pretende una transmutación interna por medio de la virtud y eventualmente la consecución de la inmortalidad. No obstante, es crucial entender que la separación de estos dos aspectos parece más una consideración tardía, decimonónica, y por ello Mike Zuber propone recuperar el sentido de spiritus para ver la alquimia como la "búsqueda práctica de una transmutación interna, pero al mismo tiempo corporalmente real"2(9).
Zuber también señala que hay tres intentos dominantes de definición de la alquimia, los cuales, básicamente se reflejan en una "triada altamente problemática" de grandes relatos en la historia de la humanidad (occidental) desde el siglo XIX: la magia, la religión y la ciencia3. Dado que estos tres campos complejos han desarrollado conceptos para entender la alquimia, ésta se resiste a definirse desde una sola posición; es decir, no puede ser sólo ciencia o filosofía natural, ni religión o psicología y tampoco superstición o fraude, sino que derrumba la aparente estabilidad de los tres ámbitos.
A partir de Barbara Obrist, crítica de la interpretación junguiana (ver más adelante) de la alquimia, estudiosos como William R. Newman y Lawrence M. Principe generaron un nuevo paradigma de estudio desde las ciencias, conocido como la "nueva historiografía de la alquimia", pues ambos buscaron reproducir experimentalmente los procesos químicos mediante la decodificación del lenguaje arcano o Decknamen4. Sin embargo, desde la esoterología, esta visión también restringe los aspectos espirituales presentes en los discursos alquímicos.
Por estos motivos resulta muy difícil hablar de algunos tópicos para abarcar todos los siglos en los que personajes y grupos diversos se llamaron o fueron llamados alquimistas. No obstante, la mayoría de ellos coincide en ubicar ciertos colores que observaban en los experimentos de laboratorio y se ha llegado a un consenso en que los pasos de dicho proceso coincidan con los términos latinos nigredo, albedo (citrinitas), y rubedo, aunque, de nuevo, existen muchos símbolos relacionados con cada una de estas etapas, así como varios estadios intermedios. Quizá uno de los ejemplos más famosos es el texto rosacruz Las bodas químicas de Christian Rosencreutz, en donde se advierten siete pasos y el mitema de las bodas del Rey (Sol, oro, mercurio) y la Reina (Luna, plata, azufre), cuya unión exitosa produciría el hijo filosófico (Piedra filosofal).
Es necesaria, por tanto, una lectura muy precisa, actualizada constantemente, para adentrarse en esta compleja y fascinante corriente esotérica.
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