Se conoce al fluido magnético a la teoría científica y filosófica propuesta por Franz Anton Mesmer (1734–1815), quien en su disertación de grado de Medicina en 1776 para la Universidad de Viena titulada Dissertatio physico-medica de planetarum influxu, posteriormente publicada en Ginebra en 1779, como Mémoire sur la découverte du magnétisme animal (Memoria sobre el descubrimiento del magnetismo animal), planteó la idea de que todo el universo estaba atravesado por un fluido invisible al que denominó “magnetismo animal”.
En palabras del historiador Robert Darnton el fluido magnético era "una nueva ciencia basada en un fluido invisible que impregnaba el universo"(1)
Dicho fluido, semejante a un campo energético, unía a los planetas, la naturaleza, a todos los seres vivos, y circulaba por los cuerpos de manera semejante a la sangre o al aire. Las siete proposiciones más importantes del magnetismo animal son:
1. Existe una influencia mutua entre los cuerpos celestes, la tierra y los cuerpos animados.
2. Hay un fluido universalmente difundido, continuo y sin vacío, cuya sutileza impide toda comparación y que, por su naturaleza, es capaz de recibir, propagar y comunicar todas las impresiones del movimiento, es el medio de esta influencia.
3. El cuerpo animal experimenta los efectos alternantes de este agente; y es al infiltrarse en la sustancia de los nervios que los afecta directamente.
4. En el cuerpo humano se manifiestan propiedades análogas a las del imán; se distinguen polos diversos y opuestos, que pueden ser comunicados, modificados, suprimidos o reforzados; incluso se observa en él el fenómeno de la inclinación magnética.
5. La propiedad del cuerpo animal que lo hace susceptible a la influencia de los cuerpos celestes y a la acción recíproca de los cuerpos que lo rodean, manifestada por su analogía con el imán, me ha llevado a denominarla magnetismo animal.
6. Este sistema aportará nuevos esclarecimientos sobre la naturaleza del fuego y de la luz, así como sobre la teoría de la atracción, del flujo y reflujo, del imán y de la electricidad.
7. Se reconocerá, por los hechos y conforme a las reglas prácticas que estableceré, que este principio puede curar enfermedades.
De su correcta circulación dependían la salud y el equilibrio de las personas, mientras que su bloqueo o desajuste explicaba la aparición de enfermedades físicas o trastornos nerviosos. El papel del médico —o magnetizador— consistía, entonces, en restablecer la armonía de ese flujo vital, valiéndose de la imposición de las manos, la fuerza de la mirada, el uso de imanes o incluso de agua “magnetizada”.
En la práctica, Mesmer y sus discípulos “magnetizaban” a los pacientes mediante gestos y pases sin contacto físico directo, o bien los reunían alrededor de recipientes metálicos conocidos como baquets, que contenían agua y limaduras de hierro para concentrar y dirigir el fluido. Estas sesiones solían provocar convulsiones, trances y crisis nerviosas, después de las cuales muchos pacientes aseguraban experimentar alivio o incluso curación.
Aunque la existencia del fluido nunca pudo demostrarse científicamente —de hecho, en 1784 una comisión designada por Luis XVI (1754-1793), integrada por figuras Benjamin Franklin (1706-1790) , dictaminó en contra de su validez—, el magnetismo animal resultó enormemente influyente. Su atractivo residía en que ofrecía una visión integradora, donde ciencia, naturaleza y religión quedaban unidas por la misma fuerza invisible, al tiempo que presentaba una alternativa menos agresiva frente a los métodos de la medicina tradicional de la época.
Aun desacreditado en términos científicos, el magnetismo animal sobrevivió y se mantuvo en práctica durante el siglo XIX, inspirando nuevas corrientes tanto espirituales como científicas, entre ellas la hipnosis y el espiritismo. Más que un tratamiento médico en el sentido moderno, el magnetismo animal funcionó como una cosmovisión, que había tomado ideas de la alquimia, como de la influencia de la astrología en la medicina concebía al ser humano, a la naturaleza y al cosmos como parte de una red invisible de energía, en la que la enfermedad no era más que un desequilibrio en esa circulación universal.
Lic. Ana María Mancera Rodríguez
Robert Darnton, Mesmerism and the End of the Enlightenment in France (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1968), 4.