—He invitado a Arthur Brisbane a almorzar a la mexicana, y tendré mucho gusto en que usted nos acompañe —me dijo nuestro cónsul en ésta, don Enrique D. Ruiz—, y como anfitrión, invitado y viandas eran alicientes tentadores, acepté...
Jamás imaginé encontrar al pontífice máximo del periodismo universal en aquel recinto neoyorquino, la fonda Tovar Matamoros, tan pintoresca y charra y saturada de ambiente mexicano como el más clásico figón de las barriadas de Tenochtitlán...
Allí apareció el superperiodista con su gran amigo el cónsul Ruiz, pues debo decir de paso que nuestro funcionario ha merecido en varias ocasiones ser citado con elogio en la columna To Day, que su autor, Brisbane, ha hecho célebre y en la cual también, con datos proporcionados por el citado cónsul, se han publicado útiles datos y favorables comentarios sobre nuestra patria.
Allí tuve la satisfacción de ver y oír a Brisbane, mientras con un apetito que demostraba la rozagancia de sus sesenta y cinco años, saboreaba, encontrándolos deliciosos, los complicados guisos de nuestra culinaria, tan superior en realidad al espurio "chili-con-carni" que aquí se toma por su símbolo.
Y mientras gustaba las exóticas viandas, Brisbane charlaba, revelando sus múltiples dones de erudito, hombre de mundo y exegeta de los misterios de esta vida neoyorquina...
Por si los lectores no saben a punto fijo quién es Brisbane y cuál es su significación en esta sociedad, diremos algo sobre él.
Si se concede que el diarismo norteamericano sea por su volumen, fuerza y perfección de métodos el más considerable del mundo, Brisbane, por ser como diarista intrínseco, el más prominente de todos, resulta pues ocupando una posición singular.
Entiéndase que escribimos "diarista" y no "filósofo", ni "literato", ni "estilista", aunque de todo ello algo y aun mucho posea el personaje de que nos ocupamos.
Desde luego Brisbane tiene una primacía indiscutible, siendo el periodista mejor retribuido en el mundo, y no por favoritismo o arbitrariedad, sino porque su popularidad se cotiza para los editores en enormes ganancias, de que él percibe una fracción.
Sólo por su colaboración en los periódicos de Hearst gana, cada año, más de un cuarto de millón de dólares diarios, y así por ese solo concepto puede decirse que gana un millar de dólares diarios.
Se cuenta además que como discreto y oficioso agente de publicidad de un industrial archimillonario percibe igual suma en tiempo semejante, lo que pondría al autor en el caso de ser, sin contar réditos, millonario cada dos años.
Sus relaciones de negocios, su cultivo de éstos en la especialidad del real estate y los réditos que su caudal exuda espontáneamente, hacen de Arturo Brisbane un rico-home, aun en este país de cresos pululantes.
Un gacetillero multimillonario es, pues, la paradoja que sólo podía realizar esta nación de los rascacielos gigantescos y más populosos que muchas ciudades de nuestros climas.
Aparte de una inteligencia que no es fenomenal y de una cultura que no es extraordinaria, el éxito estupendo de Brisbane parece consistir en pura cuestión de forma, en la brevedad de los párrafos, que son como vértebras de su famosa columna...
Lo cual nos recuerda la definición del cañón: "Un agujero forrado de acero", o la de los buenos versos: "Rengloncitos con consonantes en la punta y talento en medio..."
Porque, en efecto, hacer párrafos breves es cosa fácil, y fue la especialidad de nuestros gacetilleros, pero hacer en breves párrafos editoriales comprimidos y más o menos sustanciosos, pero siempre interesantes, es el secreto de Brisbane, el secreto que su autor ha capitalizado en millones.
Para darle a esos párrafos, a esas gacetillas, un nombre más adecuado que implique su calidad, se me ocurre, aun incurriendo en ofensivo desacato hacia la lírica japonesa, llamar a Brisbane un haishin, es decir, un autor de haikús periodísticos. Este último adjetivo mantiene a Brisbane en su plano terre-à-terre bajo la pléyade de los cielos de Oriente, donde Basho1 fue astro...
Pero la comparación lírica le confiere el rango muy distinguido dentro de la nebulosa periodística, donde tantos vivimos en penumbra...
Haikús o epigramas periodísticos, nada líricos, sino esencialmente pragmáticos, antójanse los párrafos de Brisbane o monedas que él acuña; valores fiduciarios que emite en su banco, un banco suigéneris, para refaccionar a los pobres de espíritu, que son legión; para proveer de ideas y opiniones a las muchedumbres, que carecen de unas y de otras...
Con infalible tino, no sólo para elegir los tópicos actuales más interesantes para el público medio, sino para hacer el comentario más apetecible para la conciencia de las mayorías, Brisbane desflora sus asuntos, sin insistir sobre ellos ni agotarlos jamás y va de unos a otros, por heterogéneos que sean, con ágil versatilidad.
Opina y juzga temas políticos o sociales de ciencia y filosofía categóricamente, con un aplomo que ante su público debe aparecer como omnisciencia y que tiene la sugestión suficiente para que, sin darse cuenta los lectores, adopten las ideas de este mánager cerebral como propias y espontáneas opiniones.
Y Brisbane posee tal dominio de la sicología nacional que sus ideas no se discuten, sino que se adoptan, y lo que Brisbane piensa hoy, será lo que piensen mañana las muchedumbres.
Brisbane es el Henry Ford de las cabezas. Como con los fotingos de éste la multitud no tiene necesidad de usar los pies, con los escritos de Brisbane la muchedumbre no necesita usar la cabeza.
Y entre estos dos gigantescos productores en masa, este pueblo goza de un ahorro de energía que es beatitud y se parece a la felicidad.
Durante el almuerzo y en sus pláticas con nosotros el gran periodista abundó en ese goodwill que Lindbergh llevó por los caminos del aire de esta tierra a la nuestra y que luego consolidó Mr. Morrow.2
Habló lleno de confianza y optimismo en el futuro de México y de sus enormes recursos, sobre todo los de la región occidental, que conoce de visu.3 Parecía extraño que aquel cordial y boyante personaje fuera el deus ex machina de los periódicos de Hearst, que hace años nos atacaban con ruda injusticia, al parecer implacable... Mejor, let bygones be bygones, como aquí dicen al cancelar el pasado ingrato...
Terminado el ágape, Brisbane tuvo la gentileza de conducirme a mi destino en su carro Lincoln, negro y brioso como caballo árabe...
El carro tiene un dictáfono, al que mientras camina Brisbane dicta sus escritos, y el dictáfono tiene una placa de oro, que dice: "Edison a su querido Brisbane", y el Lincoln tiene otra placa áurea, diciendo: "Henry Ford a Arthur Brisbane"... Sospecho que en alguna parte de su persona tiene el afortunado otra placa, quizás de diamante, en que el propio Jehová le dedica todos los bienes con que ha colmado su existencia venturosa...
Cruzando el Central Park, supe que Brisbane tenía catorce carros Lincoln y Cadillac en su garaje particular de New Jersey y en sus propiedades rurales, que llama ranchs.
En cierto momento, sobre los árboles del parque, señaló un enhiesto y luminoso rascacielos, y me confió, como gozándose en la música de sus palabras:
—Ese edificio es mío; yo lo construí; es la Ritz Tower...
Luego, desembocando en la Calle 57, entre la Quinta Avenida y Madison, me mostró varias casas, diciéndome:
—Todas fueron mías... Se las vendí al compadre Hearst...
Yo, más que por propia vanidad, por honrar al gremio periodístico mexicano, pensé en enumerar a Brisbane mis propiedades... Pero encontré que la casa en que vivo en la región más pantanosa de Long Island se parece más a un cajón bocabajo que a un rascacielos...
Y opté por sonreír obsequioso y acaramelado, como Chaplin junto a su millonario, en City Lights...
Brisbane es humanista; cita en francés a Montaigne y a Boileau y es capaz de pintar un panorama de la cultura humana desde Aristóteles hasta Einstein. Sin embargo, no aborda cuestiones de arte, ni en general aquellas que son intrínsecamente espirituales... Quizás contemplando a Nueva York desde la cúspide de la Ritz Tower, no se sienta necesidad de explorar el más allá... ¡Son tan sólidos los bienes de este mundo cuando se poseen en grande escala!
Además, si Brisbane se aventurase en cuestiones metafísicas, los sprits forts de Wall Street sonreirían burlones y le retirarían su confianza...
Es más prudente y "serio" hablar de la bolsa de valores que de la conciencia cósmica y la cuarta dimensión, que no se cotizan en el mercado...
—Mr. Brisbane, ¿es cierto que el difunto George Baker dejó mil millones de dólares? —le pregunté, y me contestó:
—¡No, no es cierto! ¡Dejó mil doscientos millones!
Mr. Brisbane sonreía, satisfecho de poseer todos los secretos del Olimpo plutónico, donde él tiene entrada...
—Mr. Brisbane, ¿qué opina usted de los gangsters del crimen organizado y progresivo?...
No me contestó sino con vago ademán. Quizás mi pregunta le pareció insignificante, y yo lo sentí, pues entre mis dos preguntas me parecía existir una relación de causa-efecto que me hubiera complacido ver confirmada por la autoridad de Mr. Brisbane...
¡Vana esperanza!... Para el ilustre periodista no existe de seguro tal relación. El hecho desconcertante de que George Baker haya sido capaz de amasar mil doscientos millones frente a los millones sin trabajo y los cortejos famélicos de las bread lines,4 más que monstruoso le parece quizás un nuevo paradigma de la felicidad humana, un deslumbrante rayo más en la apoteosis capitalista...
En cuanto al crimen, cada vez más numeroso y mejor organizado, es una simple nota policiaca, indigna de ocupar la atención de los pensadores...
No piensa así "este editor" (como suele decir Brisbane hablando de sí mismo) y de paso deplora que un personaje tan popular e influyente como el autor de la columna To Day, en vez de iluminar las conciencias y proclamar el amor, la única fuerza espiritual capaz de redimir al mundo, se haya convertido en el chantre del capitalismo y el apóstol del poder y la riqueza materiales...
Tan amable, por su inteligencia y cultura, es Brisbane, que hubiera sido, de nacer en otros climas y otras épocas, cortesano y privado del Rey Sol o gran duque en la corte de Rusia...
Hoy sólo es un personaje del pasado, petrificado en el vacuo positivismo del último siglo, aunque su famosa columna, petrificada también, siga vibrando todavía al calor de la inteligencia, como al sol el coloso Memnón…5
No se da cuenta de que ha cambiado el centro de gravedad de la conciencia humana, de que el cadáver del hombre de los mil millones, a pesar de ellos y por ellos mismos, ha envenenado al mundo con la putrefacción de su egoísmo gigantesco, con la putrefacción de su oro sin función altruista, ni más ni menos que, según el epigrama, habría de contaminar al orbe el cadáver de Nerón...
No se da cuenta de que la naturaleza o la inteligencia matemática, que según Edison la rige, restablece las monstruosidades, tendiendo siempre al justo medio... Por ello, para hacer prevalecer la armonía indispensable, generó la ley biológica llamada gigantanasia, que acabó con los monstruos antediluvianos, laberintodontes, plesiosaurios, iguanodontes...
Multimillonarios-megaterios, gánsteres tigres colmillos-de-sable, en medio de ellos, mientras una nueva ola de gigantanasia restablece el perdido equilibrio, Mr. Brisbane, ágil cual pterodáctilo, es como un pastor de monstruos, guardián del rebaño, dirigiéndolo con su experiencia y a veces, como buen pastor, cantando en su caramillo, en su columna, más sonora que tubo de órgano...
Mr. Brisbane, pastor de monstruos, aunque personalmente haya parecido amable y gentil a "este editor", grillo paleozoico, invisible entre los megaterios...
Matsuo Basho (1644-1694). Poeta japonés que perfeccionó el haikú. ehp
Dwight Whitney Morrow (1873-1931). Diplomático y hombre de Estado norteamericano. Miembro de la J. P. Morgan & Co. En 1927 fue nombrado embajador de Estados Unidos en México. En 1931 fue elegido senador del Partido Republicano por New Jersey. Su hija Ann se casó con Lindbergh. ehp
De visu: a vista de ojo. ehp
Bread lines: colas para recibir pan. ehp
Memnón, en la mitología griega, héroe hijo de Tritón y de la Aurora. Participó en la guerra de Troya, como aliado de Príamo, capitaneando una escuadra de etíopes. Fue muerto por Aquiles. ehp