Page 81 - En el país del Sol
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Prólogo, edición y notas de Rodolfo Mata
sol. Qué serie de naturalezas muertas para el semiflamenco pincel de
Julio Ruelas! Y a derecha e izquierda, en la calle japonesa, se ostentan,
alternando con las tiendas, los talleres de los trabajadores. Aquí es un
hojalatero que ayudado de sus pies redondea una lámina de cobre,
junto a un yunque minúsculo que parece un bibelot; más allá un pintor
de brocha gorda traza un “Fuziyama” sobre una linterna encarrujada;
luego un chino gigantesco empina a un chinete, cuyo deforme cráneo
afeita; más allá, en una juguetería, los Dioses y semidivinidades del
japonés olimpo, enseñan la bonhomía de sus carcajadas, el énfasis de
sus vientres y la fantasmagoría de sus milagrosos atributos a una ronda
de bebés que detiene su danzante farándula y cae en pasmo unánime
frente a las exuberantes y pintarrajeadas deidades! Ah! Los bebés
japoneses!! Loti los ha admirado con Régamey y con el poeta Arnold, y
sería necesario ser un misántropo forrado de malthusiano para no
encontrarlos adorables! Los amorcillos de Fragonard y Watteau, los
cupidos que modeló Tanagra con su arcilla maravillosa, deben tener, al
encanto de la infancia, agregada la nobleza de su olímpica estirpe; pero
yo sostengo que la gracia drolática, la monería infantil, está en poder
de los bebés nipones! Ellos son las flores y el júbilo del arroyo;
envueltos en sus batas multicolores, sobre sus sandalias de paja, saltan
y ríen, haciendo resonar su alegría infantil y encantadora entre los mil
ruidos del trabajo, como una parvada de gorriones granujas lanzaría su
burlesco estribillo en medio de una laboriosa colonia de castores! Y
saltan abriendo como alas las anchas mangas de sus trajes matizados,
en medio de la población de trabajadores, desnuda y sudorosa,
doblegada en las arduas tareas, así como una banda de mariposas de
mil colores entrando de repente a la cálida estufa donde hilan hasta el
letargo, para enclaustrarse luego, los gusanos de seda, las orugas
benedictinas!...
*
En la calle japonesa llena de pintorescas tiendas, resonando con los
incesantes rumores de sus industrias, donde resbalan los djinrichis y
revolotean los muskos, los bebés, hay todavía algo extraño y de interés
palpitante. Quiero referirme a los mil tipos extravagantes y bizarros
que de día y de noche transitan por las calles de una población nipona.
Toda especie de mercaderes ambulantes va y viene, paseando los más
extraños utensilios. Aquel hombre que se acerca llevando en hombros
algo que tiene el aspecto de una pagoda, es... cómo diré? es... un
restaurateur peregrino. Va buscando el apetito, acechando a los
famélicos, y no bien topa con alguno, cuando ágilmente coloca en el
suelo su pagoda, aviva con un fuelle el rescoldo de un brasero invisible;
de una capilla de su restaurant-templo, saca tazas y palillos, y en un
momento, limpio, solícito, le da a su parroquiano, por un vil centavo,
tres especies de raros guisos y otras tantas reverencias!... En una
bocacalle los “musko san”, los señores bebés (así este pueblo con su
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