Page 82 - En el país del Sol
P. 82
En el país del sol: crónicas japonesas de José Juan Tablada
urbanidad y con su amor por la infancia, designa a los niños), los bebés
hacen rueda en torno de un individuo, que como el Ragueneau-
ambulante tiene algo parecido a una pequeña pagoda por accesorio...
Es un artista; un artista en caramelos!... El bebé alarga un centavo y
dice algo al dulcero, que con una habilidad y una prontitud increíbles
toma la masa de caramelo caliente, la sopla con un tubo de bambú, la
alarga, la pellizca, y la pegajosa materia se transforma
instantáneamente en un caballo, en una pájaro en su nido, en un ramo
de flores o en un acróbata que se descoyunta... Aquello es un colmo de
arte democrático! Y así siguen transitando por las calles japonesas,
otros seres heterogéneos y pintorescos que aumentan cuando llega la
noche.
Entonces en los barrios bañados por la luna resuenan músicas
extrañas y gimen pregones melancólicos... Ya es el sereno que
golpeando por intervalos dos trozos de madera, ronda con el único fin
de inquirir si algún incendio se inicia en la zona que vigila... El golpe
incesante de sus maderos inquieta en medio de la calma nocturna;
tiene algo del seco chasquido con que los xilófonos imitan el crujir de
los huesos en las danzas macabras. Luego se escuchan las dos notas
agudas del flautín con que, errando por la ciudad oscura, se anuncian
los ciegos que practican el masaje;... hay momentos en que a un
tiempo se escuchan varios pífanos en distintos rumbos y sus dos notas
agudas y monótonas suenan entre las sombras como un concierto de
gigantescos grillos...
¿Pero qué grupo de siniestros decapitados avanza conducido por
negros verdugos, al fulgor sangriento de las antorchas y seguido por
una multitud ansiosa?...
Hay rostros cadavéricos de ojos inyectados, de largos mechones
de cabello pegados a las sienes por el sudor de la agonía, y hay otros
pálidos, blancos, como vacíos de sangre durante el largo suplicio... Hay
que tranquilizarse! Los negros verdugos no son más que titiriteros
ambulantes, y los trágicos ajusticiados son sus marionetas! Los buenos
artistas del arroyo se instalan frente a una puerta y la función
comienza; el teatro es una barandilla de bambúes más simplificada que
un teatrillo guignol. Cada artista toma a un pelele en sus brazos y lo
mueve con tan singular destreza, y por otra parte los marionetas [sic]
están tan bien modelados con sus faces que gesticulan y sus miembros
de goznes, que la ilusión es perfecta! En el fondo un anciano toca el
shamisen y cambia de voz a medida que simula el parlamento del
marioneta daimio o del samuray o de la princesa. Aquellas
representaciones son dramas espeluznantes y epopeyas furiosas; hay
dúos de amor entre la musmé que tiembla como una paloma y el
samuray que ruge como un tigre... Y aquello es patético, y su realismo,
lleno de arte, os conmueve y os hace seguir con ansia las peripecias de
esos sabios simulacros del amor, de la cólera y de los celos!
82

