Historia de la masonería universal
Cuando hablamos de historia en un sentido moderno, la base de tal recuento supone como elemento fundamental el documento, escrito o material, que permite establecer una cierta verificación de lo afirmado, sujeta a posteriores precisiones con ayuda de otras disciplinas, como la filología o la arqueología. Cuando eso no ocurre y nos quedamos solo con el relato oral, sin mayor sustento que la opinión o el juicio personal, sin posibilidad de comprobación, ya no hablamos de historia en sentido estricto sino más bien de leyenda y se ingresa así en el ámbito mítico, que no es menos importante para el entendimiento del fenómeno estudiado, aunque sea importante de otra manera, en términos de comprensión simbólica, pero no cronológica.
Aplicada esta distinción a la masonería, al hablar de sus orígenes, se distingue un periodo mítico que nos remite a Egipto o a Israel (con la construcción del Templo de Salomón). Pero de estas supuestas edades antiguas, las afirmaciones tienden a ser inexactas y poco o nada comprobables, confundiéndose lo real con lo fantasioso, magnificando detalles aislados sin su adecuado contexto histórico.
Fue a partir del siglo XIII, esto es, a fines de la Edad Media, cuando la masonería entró en la historia comprobable, cuando los albañiles de la época, en una sociedad feudal, se congregaron en gremios para la construcción de las iglesias góticas, esto para la conservación de técnicas y conocimientos del oficio, con una organización en niveles o grados de aprendiz, compañero y maestro, que también permitió defender beneficios laborales y salariales. Estamos ante masones o albañiles que son constructores físicos, que literalmente trabajaban la piedra material. Esto constituye el llamado periodo antiguo u operativo.
A medida que las técnicas constructivas se fueron renovando y las formas antiguas iban quedando en desuso, los masones operativos fueron disminuyendo y surgió la necesidad de sumar nuevos miembros procedentes de profesiones distintas de la construcción. Esto se dio en el siglo XVII y principios del XVIII, en el periodo llamado de los "masones aceptados", en una época en que la modernidad y la ciencia comenzaban a levantar vuelo. Miembros más educados y de otras clases sociales pudieron entrar en las logias. Ello desembocó rápidamente en el tercer periodo histórico (después del operativo y el de los masones aceptados), que es el de la masonería especulativa, que tuvo su nacimiento en Inglaterra en 1717 con la formación de la Gran Logia de Londres, que reunió a cuatro logias, y fue cuando se impuso el término de "francmasonería", o masonería libre, y se consolidó la separación física de lo operativo y lo especulativo. A diferencia de la masonería anterior, ahora la finalidad era la construcción de un templo simbólico, espiritual, no físico. Algo importante es que se generó un cuerpo de derecho por medio de la redacción de una carta magna, las Constituciones de Anderson, llamada así por uno de sus redactores, el pastor protestante James Anderson (1679-1739), esto en 1723. Cuatro partes la conforman: una historia legendaria de la Orden, los deberes de sus miembros, el reglamento de las logias y los cantos para los tres grados iniciales (masonería azul). Suele considerarse como la parte más importante la relativa a los deberes, que establece como requisito fundamental la creencia en un "Gran Arquitecto del Universo", algo que, en el siglo siguiente, en el XIX, fue motivo de división, de parte de la masonería continental, la francesa, la que, debido a la herencia de la Revolución sufrida en su país y al legado de la Ilustración, se secularizó más y aceptó entre sus miembros a ateos y agnósticos, capaces también de realizar un trabajo espiritual y filantrópico sin tener necesariamente creencias teístas.
Sin embargo, antes de estas divisiones, en el propio siglo XVIII y en la propia Inglaterra, ya habían comenzado las escisiones, por ejemplo, entre la logia de Londres y la logia de York. Estas divisiones se trasladaron a América. En 1813 ambas logias se reunieron para generar la Gran Logia Unida de Inglaterra, y se redactó otro texto importante en la historia masónica, los Antiguos Límites o Ancient Landmarks, que definieron algunas reglas invariables y establecieron el criterio de "regularidad masónica", con varios aspectos como regularidad de origen (sólo una logia regular puede fundar otra logia regular), territorial (una Gran Logia por país), doctrinal (como la creencia en Dios y el uso de un libro sagrado en la logia), y de género (exclusión de la mujeres). Diversos ritos masónicos y sus variantes fueron apareciendo, como el escocés, el yorkino, el francés, así como las primeras versiones de lo que luego sería el "rito egipcio".
El siglo XVIII fue muy importante en Europa a nivel cultural, pues en el Continente, específicamente en Francia (adonde había llegado la masonería hacia 1721), se estaba dando el movimiento de la Ilustración, que buscaba formas más racionales de organización social y política, con un activo trabajo ideológico y filosófico, todo lo cual desembocó, a finales de siglo, en la Revolución Francesa. Y esto, aunque se estaba dando en el Continente, no dejaba de afectar a Inglaterra, el territorio inicial de la masonería moderna. Todo esto ayuda a explicar el perfil racionalista y liberal que marcó a la masonería en ese momento de consolidación moderna, sobre todo en Francia y Bélgica. La fecha de fundación de la masonería francesa varía, pues algunos sostienen 1728 como el año base, por acción del Duque de Wharton, quien había sido gran maestro de la Logia de Londres; mientras que otros estudiosos proponen 1738, con la figura del Duque de Antin, iniciado en logia francesa. En todo caso, el Gran Oriente de Francia se conformó en 1773.
Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando se dio de manera más fuerte la separación entre la masonería inglesa y la francesa, que era la segunda en número de miembros, cuando se suprimió como requisito para ser masón la creencia en Dios y se aceptaron mujeres en la orden, algo acorde con los nuevos tiempos en que el feminismo crecía en la vida social. Ya no se estaba en el siglo XVII o incluso en el XVIII, donde las mujeres permanecían recluidas en el ámbito privado, sino en el XIX, donde la vida moderna las había llevado también al espacio público y a una creciente igualdad jurídica, incluida la iniciación masónica. Surgió así la llamada masonería irregular (desde el punto de vista inglés) o liberal (desde el punto de vista francés), esta última conformada en su mayoría por masones de Francia, Bélgica, Italia, España y de países de América Latina, como México, donde surgió también un rito propio, el Rito Nacional Mexicano (1825).
En resumen, podrían distinguirse dos periodos de la masonería internacional: el legendario, que se remite a civilizaciones antiguas, y el histórico, dividido a su vez en tres fases: la operativa, la de masones aceptados y la especulativa, que es la que caracteriza a la masonería moderna, a partir del siglo XVIII, asentada originalmente en Inglaterra, pero que muy pronto estuvo sujeta a diversas escisiones, de las cuales quizá la más importante sea la que se dio en el siglo XIX entre la masonería inglesa y la francesa, con base sobre todo en la aceptación o rechazo de la obligatoriedad de la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma, así como en la participación de las mujeres en la orden.
Masonería en México
En el origen de la masonería en México hay que distinguir lo que son antecedentes coloniales sin documentación, y lo que sería el periodo histórico, iniciado con la independencia, donde el trazo documental es susceptible de seguimiento. Con respecto a lo primero, se habla de inmigrantes franceses e italianos en la capital condenados por la Inquisición debido a prácticas masónicas; de logias itinerantes dentro del ejército español, así como de masones sueltos en el movimiento autonomista y luego independentista, que podrían ser más bien personas que simplemente compartían las ideas ilustradas francesas. Algunos de ellos habrían pertenecido al Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Aquí habría que distinguir entre estos supuestos grupos masónicos y las sociedades patrióticas latinoamericanas, que adoptaron algunas de las modalidades e ideas masónicas, pero que no eran parte de la institución. Para 1806 se menciona la existencia de la logia "Arquitectura Moral" en la Calle de las Ratas, hoy Bolívar, y a la que habría pertenecido Miguel Hidalgo (1753-1811), pero también esto pertenece a la leyenda.
Entre 1812 y 1813 se establecieron en el país las primeras logias de tradición escocesa, con gente de las tropas españolas que llegaban para combatir a los insurgentes y en las que no eran admitidos los mexicanos. En 1816 se fundó en Veracruz la logia "Amigos Reunidos", con carta patente de la masonería de Luisiana y del Rito de York, y al año siguiente otra en Campeche. En la siguiente década continuó este proceso de fundación de logias escocesas y yorkinas, con un creciente enfrentamiento entre ellas, pues los escoceses coinciden con el bando más conservador, de alguna forma heredero de los españoles, mientras que los yorkinos apuntaban hacia formas más liberales y estaban más cercanos a los intereses estadounidenses. Para quienes no veían con agrado esta dualidad de intereses se fundó en 1825 el Rito Nacional Mexicano, con el objetivo de crear un modelo político y masónico propio, y al que pertenecerá más adelante Benito Juárez (1806-1872). Este rito se fue secularizando cada vez más, al grado que para 1865 dejó de trabajar "A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo" y lo hizo "Al triunfo de la verdad y al progreso del género humano".
Se tienen así los tres ingredientes que dominaron el panorama masónico del siglo XIX en México, con las logias escocesas, yorkinas y del Rito Nacional en fuerte competencia entre sí, con visiones e intereses distintos y con una orientación claramente política, que dejaba muy poco espacio al trabajo propiamente filosófico o espiritual, si es que estaba presente. Las logias funcionaban como partidos políticos embrionarios, a falta de los verdaderos, en un contexto no democrático.
Para la década de los sesenta apareció el Emperador Maximiliano (1832-1867) en escena, con una supuesta pertenencia masónica todavía discutida. En todo caso, con las tropas francesas que lo apoyaban llegaron masones dependientes del Gran Oriente de Francia, que trabajaron el Rito Francés. Con su retirada desaparecieron las huellas de este rito (aunque más adelante retornaría), que habría tenido sus primeros antecedentes en aquellos hipotéticos inmigrantes franceses de fines de la Colonia procesados por la Inquisición. Cuando Maximiliano fue condenado a morir fusilado, diversas personalidades internacionales intervinieron infructuosamente ante Juárez solicitando clemencia para él, incluido José Garibaldi (1807-1882), futuro fundador del Rito de Menfis Misraim, quizá sobre la base no dicha de una pertenencia masónica compartida entre Juárez, Maximiliano y Garibaldi. Otro masón, el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), también solicitó el perdón de Juárez para Maximiliano, sin resultados.
En la última década del siglo XIX se logró la unificación forzada de las distintas obediencias masónicas en una Gran Dieta Simbólica, bajo la tutela del presidente Porfirio Díaz (1830-1915), también masón, pero esto no duró mucho y en 1901 colapsó. Por aquel entonces se producía una variación del paisaje religioso, con la aparición de nuevos referentes espirituales, a saber, el protestantismo, el espiritismo y la teosofía, que de alguna forma vinieron a afectar el papel de las logias masónicas, debilitadas por sus propias luchas políticas intestinas y sin mayor perspectiva espiritual o esotérica, que las dos últimas corrientes señaladas vinieron a suplir, por lo que no fue raro que algunos masones migraran a las filas espiritistas o teosóficas, o compartieran militancia. A veces se establecieron alianzas entre estos grupos emergentes y los masones, como se ejemplifica muy bien en el caso de Francisco I. Madero (1873-1913), que fue tanto masón como espiritista y los casos de los consolidadores del espiritismo en México durante la década de los setenta como Refugio Indalecio González (1814-1892) y Manuel Plowes (1812-1875) y personajes como Laureana Wright (1846-1896).
Fue también el momento en que, según indicios, llegó al país el Rito de Menfis Misraim de mano del alemán Arnold Krumm-Heller (1876-1949), esoterista de variada raigambre (masonería escocesa, ocultismo francés, teosofía, rosacrucismo), quien en 1913 había establecido en el país la logia "Horus 13 N° 1" de la Antigua Orden Masónica de los Ritos Egipcios de Menfis Misraim, la que aparentemente no duró mucho tiempo, pues vino la caída de Madero y las luchas subsiguientes. En realidad Madero tuvo poco interés por la masonería, aunque no podía prescindir de ella, dada su importancia política en esa época. Su verdadero atractivo fue por el espiritismo kardeciano. No obstante, para favorecer su proyecto, se afilió a la masonería escocesa. Dado que Krumm-Heller fue su amigo y médico, y que algunos de sus colaboradores cercanos, como Rogelio Fernández Güell (1883-1918), formaban parte de la logia Horus de Menfis-Misraim, cabría suponer la posibilidad de que Madero también participara en los trabajos de esta logia que sí tenía el perfil filosófico y esotérico que a él le interesaba. Este es un asunto sujeto a la investigación histórica.
Krumm-Heller había participado en 1908 en París en un famoso "Congreso Espiritualista" promovido por la escuela de Gérard Encausse, mejor conocido como Papus (1875-1916) y otros esoteristas franceses, que había reunido a miembros de la Masonería Egipcia, del martinismo, del espiritismo y de otras corrientes esotéricas, con presencia de sus respectivas autoridades, como el ya mencionado Papus y Theodor Reuss (1855-1923), por entonces Gran Maestro General de Alemania y Suiza de Menfis Misraim, nombrado por John Yarker (1833-1913), y que a la muerte de éste, lo sucedió como Gran Hierofante Mundial del Rito. Krumm-Heller recibió de Reuss (ambos alemanes) el 15 de marzo de 1908 la potestad de operar el rito de Menfis-Misraim en México.
Otra variante masónica que comenzó a operar en México a inicios del siglo XX fue la masoneria mixta o "comasonería" (por la aceptación de hombres y mujeres en plano de igualdad y no solo de "adopción") de la Orden del Derecho Humano (Droit Humain), proveniente del ámbito francés y muy vinculada con el medio teosófico, al grado de ser concebida por algunos como una suerte de "masonería teosófica", compartiendo ambas instancias sus mismos dirigentes: Annie Besant (1847-1933), C.W. Leadbeater (1854-1934), C. Jinarajadasa (1875-1953), principalmente. La primera logia comasónica de México fue la Rakowsky 561, fundada en 1921 por el teósofo y masón Joaquín Velasco, con autorización y plenos poderes de la orden francesa, casi al mismo tiempo en que se fundaba la logia Itza en Mérida, Yucatán. Luego se fundaron más logias a lo largo del territorio (Monterrey, Tampico, Chihuahua, Veracruz, Puebla), con la eventual creación de una Federación Mexicana cuyo delegado fue el arquitecto Manuel Amábilis (1889-1966), de pertenencia teosófica y masónica. Su papel pareció diluirse tras la II Guerra Mundial, y aunque en la actualidad (siglo XXI) existen logias del Derecho Humano, son más bien de reciente fundación y parecen no tener memoria de su pasado en la centuria anterior.
Con el nuevo siglo, las logias masónicas de los diversos ritos vieron una pérdida de influencia en el ámbito político cada vez mayor, y pese a que siguieron vigentes, lo hicieron más bien de forma decorativa y un poco bajo la aureola de lo logrado en el siglo anterior, con Juárez como el gran referente. Los tiempos eran otros, el estado posrrevolucionario adoptó una ideología secular, estatista, alejada del ideario liberal que había sido el propio de los masones del siglo XIX. Apenas coincidían en el laicismo y en la necesidad del control eclesiástico.
Además, se generaron en el país espacios de participación política como el de los partidos, con un contexto más abierto y democrático, lo que dejaba obsoleta buena parte de la vieja acción política de las logias, más secretista. Este retroceso político no significó desde luego la desaparición de la masonería sino sólo su reubicación social y la oportunidad de retomar los aspectos filosóficos y espirituales, propiamente iniciáticos y esotéricos, de la institución, que habían quedado relegados en el fragor de la lucha secular. Por otra parte, el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad, significó una importante modificación del paisaje esotérico y religioso, en el que la masonería quedó mucho más acotada en sus anteriores pretensiones, y con una mayor competencia de parte de otros grupos.
Dr. José Ricardo Chaves Pacheco
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