Page 258 - En el país del Sol
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En el país del sol: crónicas japonesas de José Juan Tablada




          Tres documentos se tuvieron presentes en México, durante largos
          años, para juzgar al pueblo japonés: el tibor, el biombo y la
          “Crisantema” de Pierre Loti... Con tales documentos, nuestra noción
          del pueblo maravilloso era muy semejante a la que de los mexicanos se
          tiene todavía en el extranjero: el tocado de plumas, el cuerpo desnudo
          y embijado y el “tentetl” de obsidiana chispeando entre el labio
          perforado.
                 Se llegó a saber en México que el japonés más ilustre fumaba
          opio, comía ratones y usaba trenza como el chino que lavaba la ropa, y
          todo deducido del biombo de brocado y del tibor de kaolín... Entre el
          John Chinaman más hediondo y degenerado y el emperador Taiko-
          Sama, no había para el vulgo diferencia...
                 Después, la “Señora Crisantema” de Loti con su insoportable
          gofirismo* y su falsedad absoluta, nos enseñó a desdeñar al pueblo
          épico, sabio y esteta, en todo aquello que no fuera la fabricación de
          faroles de papel, biombos y transparentes de bambú.
                 A mi regreso del país japonés fueron legión los que me
          preguntaron con el tono de un ateniense del tiempo de Pericles
          informándose acerca de los Melámpodos:
                 –¿Y estarán los japoneses tan civilizados como nosotros...?
                 Esa pregunta del orgullo y de la ignorancia, insinuaba en mí una
          profunda tristeza... Para bien de mi patria, sólo hubiera querido
          contestar: “¡Nosotros lo estamos tanto como ellos!”.
                 Hoy, los episodios de la gloriosa epopeya nipona han arrebatado
          como un trofeo, más valioso que todas las indemnizaciones de guerra,
          el respeto de la humanidad para la gran nación. Hoy, admirar al Japón,
          es un snobismo. Yo bendigo al hado, al “Kami” iniciador y propicio que
          hace muchos años, una tarde otoñal de mi niñez, puso un libro de la
          “Mangwa” en mis manos, y a través de Hokusai y de la poética de Ono-
          no-Komati, antes de Tōgō y de Ōyama**, me hizo consagrar el más
          ferviente amor de mi alma al divino y mágico país...
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          Pero si los guerreros nipones, descendientes de los feudales samuráis
          que hicieron de su vida nacional una vasta y sonora epopeya, se nos
          presentan ya tales como son, bravos, heroicos, justificando la fiera
          frase del emperador Yeyás: “La espada es el alma del Samurai”,
          consumando hazañas que fueron fábulas en los libros de caballerías
          occidentales, la mujer japonesa, la delicada bara-musumé, sigue
          acurrucada en las mentirosas páginas de Loti, como animal gracioso,
          pasivo y egoísta...
                 El ilustre escritor, que quizás bajó a tierra mientras su buque
          carboneaba, no halló más senderos que aquellos en que se habían
          impreso ya las huellas del marinero en huelga y del agente viajero... En
          pleno Japón continuó obsesionado por el tibor y el biombo...


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